Espejos de agua

 Espejos de agua*

*Epílogo del libro Voces del agua. Itaca. 

  1. La lluvia lava las cosas y vuelve visibles estratos que previamente han estado  escondidos a nuestra mirada. El agua lava a fondo porque circula y con su incansable movimiento, tarde o temprano, vence los obstáculos naturales, sociales o técnicos, que pretenden retener su flujo. El movimiento incesante del agua la distribuye y redistribuye en el mundo, sin que a la larga nada ni nadie terminen acaparándola para siempre. No importa cuan poderosas sean las trampas geológicas, el grosor y la altura de las cortinas de las represas o el poder de las empresas privadas y los políticos que intenten retenerla, el agua siempre termina escapándose.   Sin importar si el agua es sucia o limpia, escapa de los mejores canales de riego, de las cisternas y tinacos más herméticos, de las redes de tuberías y drenajes urbanos, del profundo subsuelo o de los grandes bloques de hielo polar, de las portentosas hidrovías o los antiguos acueductos y aljibes. Igual que se evapora de los mares o los grandes lagos, lo hace de las represas hidroeléctricas y cualquier infraestructura a cielo abierto. Cae desde el cielo, lo mismo que emerge por manantiales o pozos brotantes, mientras se filtra por las grietas de las construcciones o por los poros y orificios de los seres vivos. Regresando una y otra vez al exterior, en la tierra, el mar o el cielo, y así poder volver a entrar al interior de las células, los cuerpos, los ecosistemas o el planeta.   La retención del agua es el elemento que define que es “lo interior” para los seres vivos, así como la liberación de la misma, fuera de las membranas, establece que es lo exterior para la vida. El intercambio metabólico de tomar y devolver el agua entre el interior y el exterior, marca, por su parte, el pulso de la vida misma.   En alianza con el paso del tiempo el agua lleva consigo poderosas fuerzas físicas, eléctricas y químicas que traspasan las membranas de las células o los diques mas portentosos, por más faraónicos que estos sean. Fuerzas que redundan en las peculiares dinámicas del agua, flexibles y profundas, en esa conectividad que se abre paso hacia todos lados y con esa ciclicidad que se expresa en las sorprendentes propiedades de la vida biológica y humana.   Existe una afinidad entre este modo de circular del agua con la rica vida de los ecosistemas y las colectividades humanas. Pues las relaciones flexibles de lo vivo y su apertura a la evolución, están basadas de forma esencial en las dinámicas de la vida del agua. Las moléculas orgánicas más antiguas del universo y el citoplasma de las células más remotas de la tierra se originan en el agua, como medio único de su desarrollo. Agua en movimiento, redes de vida y comunidades humanas forman en la naturaleza del universo una gran línea de fuerza.   Por ello, quien mira con cuidado el interminable curso de los variados ciclos del agua llega a encontrar hilos que permiten entender muchas relaciones que dan unidad a procesos esenciales que el sistema capitalista se esmera en desarticular, hasta volverlos incomprensibles e invisibles a la vista de cualquiera.   El flujo del agua forma parte de las relaciones entre los territorios de los pueblos y regiones, y entre las tierras ricas y pobres. Relaciones metabólicas que rigen el ciclo social del agua y relaciones humanas que propician el flujo natural del agua.   El agua, en tanto flujo que interconecta una compleja red de relaciones naturales y sociales, permite observar la estructura general de las desiguales relaciones de producción e intercambio entre las clases y los estratos sociales, entre los géneros o entre la ciudad y el campo.   2. La situación general del agua es un espejo donde puede verse cómo los campesinos del hemisferio sur del planeta padecen una guerra cotidiana que les lleva a la expulsión de sus propias tierras. En el cual el cambio de las leyes nacionales de aguas acompaña a las actuales políticas económicas de libre mercado global que buscan disolver las membranas que permiten la vida de la agricultura de pequeña y mediana escala. No casualmente, cuando estos mecanismos comerciales y políticos dejan de servirle al capital para expulsar a millones de campesinos de sus tierras, llega el momento de emplear al agua misma como un arma en el proceso de despojo.   La elevación de las tarifas para el bombeo del agua en los pozos rurales acelera la quiebra campesina y la privatización de sus tierras y aguas. Proceso que es mas lesivo cuanto más se separa la propiedad del agua respecto de la tierra. Para ello la Comisión Nacional del Agua de México promueve el registro privado, la compra-venta o la expropiación de los manantiales y pozos, en tanto que el Estado le cobra deudas a los pueblos por un servicio de agua que jamás brindó, la Secretaria de Agricultura promueve la formación de mercados del agua y las instituciones dedicadas a regular a los pueblos indios y el medio ambiente promueven negocios de embotellado de agua de manantial o el pago por la captura del agua en los bosques que son cabezas de cuenca.   Agresiones a las cuales se suman el envenenamiento industrial y urbano de las aguas, la sobreexplotación de acuíferos que los lleva a descender hasta profundidades que se vuelven inalcanzables para los presupuestos campesinos o la sequía de ríos perenes, estacionales y transitorios que ya ocasiona el calentamiento global. Aunque este mismo fenómeno también ocasiona precipitaciones catastróficas que en la temporada de lluvias o huracanes desbordan los ríos arrasando las tierras, casas, caminos, bosques y playas de los más humildes.   La marginalidad rural que parte del saqueo extremo que las ciudades capitalistas ejercen sobre el campo, al reciclarse con los procesos ambientales del calentamiento global propicia que la producción social del riesgo concentre los castigos sobre las espaldas de los campesinos y marginados urbanos. Miserias que a la actual acumulación originaria del capital le sirven para potenciar el despojo a las comunidades de sus lugares, organizaciones, saberes e historias.   En el flujo del agua del campo a la ciudad también se observa cómo los campos son  despojados por la sobreexplotación de ríos y acuíferos. Lógica de saqueo que en ocasiones llega al extremo de trasvasar el agua de una cuenca hacia otra, ocasionando no sólo el robo de masas de agua a los habitantes de las zonas de procedencia, sino también la perdida de una relación de equilibrio que los ecosistemas mantienen con los procesos de recarga cíclica, lo que ocasiona pérdidas ambientales que en el mejor de los casos sólo podrán corregirse en muy largo plazo.   En el flujo del agua dentro de las mismas ciudades salta a la vista cómo esta es bebida por las industrias, los servicios masivos, los dueños de la ciudad y por algunos grupos de control privilegiados; mientras en otras partes de las mismas urbes se le niega el agua a los grandes grupos de habitantes que se hacinan en zonas marginales. Finalmente, al sector de los habitantes de las ciudades que tienen la fortuna de ser explotados, se les dota de agua, pero cada vez menos, cada vez más sucia y más cara.   El agua que las ciudades roban a las montañas se canaliza o entuba, se la contamina de mil formas, muchas de ellas irreversibles, se la desperdicia o depreda para finalmente regresarla de forma inmunda a los campos. Así los campesinos (posiblemente de otra cuenca a la que no le corresponden esas aguas) tienen que cultivar sus tierras con desechos fecales, químicos, petroquímicos y metálicos, peligrosamente deletéreos o incluso letales, para los agricultores y para parte de los consumidores.   En el flujo del agua también se observa la forma en que los acuíferos sobreexplotados descienden catastróficamente de su nivel original, al ser saqueados por dinámicas irracionales que el capital impone en los centros industriales, en megaurbes absurdas que se desparraman por los campos, pero también en las zonas de agricultura, silvicultura, ganadería y piscicultura intensivas que responden a las enfermizas demandas de los tumores urbanos, ocasionando una metástasis, conforme los suelos fértiles sobreexplotados y contaminados se llenan de sales. Y las aguas de los ríos y los esteros se saturan de compuestos químicos persistentes.   Aunque naturalmente otras formas de depredación del agua empeoran esta escasez en las zonas en las que se concentra la ignorancia y la ineficiencia que ocasiona el desarraigo, el uso de tecnologías inapropiadas, la marginación y la corrupción.   En las redes de agua de la revolución hídrica-urbano/industrial, aunque se trate de verdaderos laberintos de tuberías subterráneas, estamos frente a otro espejo que refleja cómo el neoliberalismo se avoca en los años noventa al control de las redes que interconectan el metabolismo general de los sistemas productivos y reproductivos. Pues el control de la red de agua va de la mano del control de las redes de electricidad y gas, las cuales van aunadas al control de las redes de comunicaciones y transportes, las cuales se ligan con otras redes estratégicas y con el control general de los consumidores. Por ello el control empresarial de las redes y servicios de agua de Vivendi, Suez, Enron, Bechtel, etc. forman parte del corazón de la actual convergencia de los llamados servicios múltiples y la creación de los nuevos mercados globales de los servicios ambientales.   Y mientras mas grande es la expulsión rural, más grandes son las ciudades y su demanda de agua y alimentos, lo que obliga a que la demanda de sus industrias y sus servicios también se agigante, tal y como ocurre con la demanda de las zonas de producción agrícola en gran escala. Lo cual redunda en un saqueo urbano, industrial y rural de agua que en apariencia no puede detenerse. Dinámica frente a la cual los propietarios privados de mercancías, en su calidad de amos o esclavos, de actores económicos o políticos, o de científicos y técnicos, no pueden más que horrorizarse y deprimirse.   El robo general de tierras, bosques y ríos que las insaciables ciudades le realizan a los campos es particularmente agresivo e intenso en los bordes de las ciudades que vertiginosamente crecen. Lo que hace disminuir las superficies rurales de recarga de los acuíferos urbanos, ocasionando expulsiones adicionales de campesinos, que nuevamente migran hacia ciudades, otra vez con esta nueva capacidad aminorada de abastecerse de agua y con una nueva necesidad incrementada de monopolizar en los barrios ricos las cabezas de cuenca periféricas que mejor garanticen el abasto seguro de agua o la importación de aguas procedentes de lugares cada vez más lejanos.   Sed urbana que crece de forma galopante y que converge con una necesidad análoga de electricidad y alimentos, que en parte va ligada a la necesidad creciente de bombear y mover masas cada vez mayores de agua. Generando entre estos procesos una adicción por las represas, que bien define a ese mundo moderno que el Banco Mundial ha cuidadosamente construido a partir de la segunda mitad del siglo XX. Represas que, otra vez, vuelven a estimular con intensidad los procesos de expulsión de decenas de millones de campesinos que van a para a las zonas marginadas de los sedientos nudos urbanos.    Por ello, el agua se convierte en un arma que el capital esgrime como instrumento para la expropiación terminal de tierra de los campesinos que hoy sobrevivien en el mundo, como un medio de producción industrial y un medio de consumo principalmente urbano que es necesario monopolizar, saquear, depredar y contaminar, como un flujo que se saca de madre, corta y desquicia, convirtiéndolo en un medio de administración de variadas formas de muerte. Así se hace del agua un bien de consumo cada vez más artificialmente escaso y un objeto de consumo cada vez más al servicio del control de los consumidores.   El agua forma así numerosos círculos viciosos en los que se acumulan contradicciones y mediatizaciones de las mismas, que no hacen más que se escalarse y llegar hasta los extremos catastróficos que actualmente padecemos. Flujo capitalista del agua que sin duda alguna se convierte en un espejo fiel del caos general que el capital esta generando en el mundo actual.   3. Una respuesta de izquierda a la crisis capitalista del agua nos obliga inevitablemente a comenzar a resolver los problemas generados por los lodos e inmundicias que el neoliberalismo ha sedimentado en todos lados. Para lo cual se requiere fomentar las luchas por la recuperación de nuestras cuencas, comenzando por los programas de ordenamiento territorial que nos lleven al manejo colectivo de las microcuencas. Lo cual incluye programas de descontaminación de nuestros ríos, creación de micro infraestructuras para la retención del agua en las tierras de cultivo y en las ciudades, programas para la recarga y protección ambiental de nuestros acuíferos, la recuperación de nuestras tierras fértiles, la limpieza de las barrancas, la creación inteligente y sensata de sistemas colectivos para la recuperación de las aguas sucias. Y muchas otras medidas de restauración ambiental al alcance de las comunidades.   Estos trabajos de resistencia permiten escapar de la estrecha celda que intenta crear en las mentes el catecismo de las instituciones del Foro Mundial del Agua de ahorro del agua en el grifo. Catecismo que devotamente rezan las empresas trasnacionales responsables de las grandes depredaciones de fondo y sus “ecologistas y ONGs corifeas”, dedicadas a ocultar y maquillar el nocivo manejo capitalista del líquido.   El desarrollo de alternativas autónomas de izquierda no debe alentar entre la población una religiosa campaña de culpa y paranoia por la sed mundial del nuevo siglo. Contra estas trampas debemos promover la creatividad colectiva diseñando un mundo de nuevos valores de uso anticapitalistas. Que demuestren que la actual sed mundial no es un destino inevitable para la humanidad, de la misma manera que tampoco es un destino el neoliberalismo, los gobiernos que entregan los recursos estratégicos nacionales, ni los gobiernos corruptos que toleran la destrucción ambiental de los ecosistemas.    La defensa anticapitalista del agua nos obliga a levantar desde ahora diversas formas de gestión colectiva del ciclo metabólico del agua. Así como también obliga a la comprensión crítica general del ciclo y sus problemas nodales. La gestión colectiva del recurso nos esta llevando a defender, recuperar o a recrear (según sea el caso) la gestión comunitaria de los sistemas de riego, de los acuíferos y la perforación de los pozos, de los sistemas de almacenamiento y tratamiento del agua, al desarrollo de las redes de distribución y a las formas de consumo sensato del agua. Gestión colectiva que también nos esta empujando a la recuperación o invención de instancias democráticas directas y nuevas en los pueblos, campos, municipios, barrios populares de las grandes ciudades, en las instituciones de manejo de las grandes urbes, así como en las grandes cuencas y los países.   La defensa del agua nos exige una recuperación de nuestra memoria colectiva en torno de las diversas formas indígenas ancestrales, pasadas recientes o incluso de las formas vivas indígenas y mestizas de manejo colectivo ambiental del agua.   Esta peculiar defensa del agua también nos obliga a la gestión integral de los problemas de la tierra, las semillas tradicionales, los abonos, los saberes, el uso diverso de los bosques, el medio ambiente, la economía de traspatio y las relaciones comunitarias. Lo mismo que también nos obliga no sólo a que las ciudades comiencen a pagar su deuda social y ambiental con las zonas rurales (reconociendo servicios ambientales, estableciendo mercados justos, etc.), sino también a que las ciudades comiencen a promover lo antes posible formas modestas de agricultura urbana que minen desde abajo y en la vida cotidiana misma el abismo actual entre la ciudad y el campo.   Sin alternativas que paulatinamente comiencen a revertir el descomunal sometimiento del campo bajo las ciudades ‑lo que también implica una critica de la forma material en que el capital ha organizado los usos mismos del campo y las ciudades­­­‑ va a resultar imposible escapar de las formas autoritarias y catastróficas con que el capital mundial esta ordenando el uso global del agua.   Por ello la defensa del agua también nos obliga al manejo transparente de la información que se vaya creando, así como a la generación de mecanismos democráticos directos de gestión. Lo que lleva a desarrollar formas transparentes de discusión e inteligencia colectiva que permitan desmantelar los escenarios ideológicos y “científico-técnicos” de chantaje por la supuesta crisis y escasez mundial del agua. Pues se trata de escenarios montados en vistas a legitimar la expropiación mundial de las infraestructuras y servicios de agua, la imposición de tarifas por consumo del agua cada vez más elevadas, así como una fe ciega en las nuevas propuestas científico-técnicas de los grandes capitales del agua.   Por ello, la defensa del agua nos obliga a comprometernos de forma flexible y plural en la reconstrucción de los tejidos sociales comunitarios. No asumir colectivamente el punto ya obliga a las mayorías a tener que escoger entre convertirse en animales de megagranjas, hacinados en las nuevas microcasas de las megaurbes y alimentados por goteo privatizado, o convertirse en animales libres, pero habitantes del desierto, confinados a vivir entre la sed y el sol, bajo las pocas piedras disponibles. Tal el prometedor futuro que hoy venden las empresas transnacionales y sus instituciones globales, promotoras del Foro Mundial del Agua.

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