Milpa Alta

 

 

De las 16 delegaciones políticas que conforman el Distrito Federal, sin duda Milpa Alta es la que conserva mayormente un perfil campesino. Sus cien mil habitantes representan una pequeña fracción de los casi nueve millones de la capital y su economía está sustentada en las actividades agropecuarias, forestales y agroindustriales, con la producción y comercialización del nopalverdura y el mole como las más importantes.

 

No acaban allí sus particularidades: es sin duda la región con menor desigualdad social, pese a que es evidente la prosperidad de algunos. La producción del nopal no está concentrada: son negocios familiares basados en terrenos ejidales o comunales pequeños. Es notorio que no existe en la mayor parte de los pueblos la mendicidad; que los viejos y discapacitados son protegidos por sus familias, y que hasta ahora han tenido éxito en evitar, salvo el caso del pueblo de Tecómitl, el más urbanizado, la presencia de las grandes cadenas comerciales que pululan en la ciudad.

 

Lo interesante es que atrás de esa realidad está la decisión de la mayoría de los milpaltenses de asumir su propio perfil y su propia vía de desarrollo. A partir de los años 40s y 50s del siglo XX, la producción del nopal-verdura con fines comerciales, gracias al éxito que tuvieron los primeros productores, se fue expandiendo. Así, sin apoyo de programas de fomento gubernamentales, sin crédito, casi sin maquinaria agrícola, con tecnologías propias, con el uso extensivo de abono orgánico, el nopal conquistó la capital y permitió que muchos milpaltenses que vivían ya en la ciudad, se regresaran en un caso de recampesinización único en la cuenca de México. Milpa Alta llegó a ser el principal productor nacional del nopal-verdura y sólo en últimas fechas ha sido rebasado por el vecino estado de Morelos, que ha seguido su huella.

Al encontrar un camino propio, los pueblos de Milpa Alta estuvieron en condiciones de realizar otra importante hazaña: enfrentaron, sobre todo a partir de 1974, a la compañía papelera Loreto y Peña Pobre, que con apoyo gubernamental y aprovechando una disputa intercomunal, había establecido un poder incluso armado sobre los bosques comunales. El detonador fue el inicio de un gran proyecto de urbanización de lujo en la zona boscosa, que amenazaba con convertirse en un riesgo para el futuro del patrimonio comunal que les habían heredado los antiguos, como dicen sus títulos primordiales. Los campesinos milpaltenses se unieron, retomaron antiguas figuras de representación indígena, y lograron, en una lucha que duró cerca de ocho años, derrotar a la papelera y sus aliados. Con todo y lo logrado, no son pocas las dificultades que se enfrentan hoy. El crecimiento poblacional se ha disparado en las dos décadas recientes. La ampliación de la frontera del nopal, convertido en muchos lugares en monocultivo, puede poner en riesgo el equilibro ecológico. No ha sido resuelto claramente el relevo generacional de la vieja guardia que encabezó la lucha por los bosques, y la dinámica impuesta por la vida política partidaria no ha logrado engarzarse del todo con la antigua raíz de sus prácticas comunales. Las nuevas generaciones de los campesinos milpalteses, entre los que la formación universitaria es cada vez más frecuente, tienen ahora la palabra.