Riquezas y Miserias de la Civilización Petrolera
Riquezas y Miserias de la Civilización Petrolera
Tanto en toneladas como en unidades de valor, el petróleo es la mercancía capitalista mas comprada y vendida a lo largo de todo el siglo XX. Por ello, el petróleo se ha convertido en uno de los fetiches técncos más poderosos de la historia del capitalismo. Es decir, en un objeto natural que posee los más extraños y descomunales poderes “sobrenaturales”. Poderes mágicos que parecieran surgir de su propia materialidad física, química y biológica. Pues de las cualidades líquidas, explosivas, versátiles, etc., de las que surge su eficiencia técnica y su éxito económico, de ahí mismo parecieran desprenderse las fuerzas sociales, geopolíticas e históricas más poderosas de todos los tiempos. Hasta el punto en que el comportamiento del petróleo en los mercados, sus alzas y caídas de precios en las bolsas de valores, así como los giros en las situaciones comerciales y geopolíticas que ocasionan, crea una oscura fuerza capaz de “dar” o “quitar vida”, en cualquier lugar, en cualquier momento y en contra de todas las personas, los grandes grupos y los países de todo el mundo. De ahí que su materialidad encarne fetichistamente las fuerzas sociales más poderosas de todos los tiempos. Ciertamente el petróleo por naturaleza no es “oro negro” (es decir, riqueza estratégica capitalista), pero la acumulación mundial de capital del siglo XX si se hizo naturalmente desde una base de petróleo. Pues fue la naturaleza misma del petróleo la que resultó crucial al momento de resolverse las peculiares necesidades histórico materiales de los transportes que integraron la economía mundial. Fue la naturaleza del crudo la que importó en el momento en que se necesitaban superar las especifica escasez ambiental y calórica que encarnaba el uso del carbón al final el siglo XIX. Y fue la naturaleza de esta sustancia explosiva la que pesó en el momento e escoger las opciones tecnologías y los conocimeintos científicos que se tenían a la mano. En virtud de ello, la renta de esta oscura sangre diabólica extraída de las entrañas del subsuelo, adquiere el mayor de todos los poderes fetiches conocidos. Pues los originales significados profanos y esotéricos precapitalistas del petróelo (medicinales, sagrados, lúdicos, etc.) se reformulan en el siglo XIX y XX. La naturaleza geológica compleja (la manera en que se forma y almacena invisiblemente en el subsuelo de las rocas madre y las rocas trampa), conforme el petróleo se vuelve uno de los principales tesoros bajo tierra de los Estados nacionales, se sobresignifica por las necesidades industriales, comerciales, financieras y especulativas de la reproducción y el desarrollo capitalistas. El petróleo comienza a funcionar como un invisible respaldo crediticio que permite apalancar el desarrollo industrial de las naciones que lo poseen, pero también como un visible respaldo militar que permite ganar guerras a las naciones que lo tienen o lo brindan solidariamente a sus aliados en los momentos de crisis bélicas. Pero el petróleo también va a funcionar como un respaldo general a los proceso de acumulación de las naciones que deciden subvencionar sus procesos de industrialización y acumulación vendiendo petróleo barato a las burguesías industriales o a los mercados internos. No casualmente el vínculo entre las compañías petroleras, la industria automotriz, química, etc. (principales palancas del desarrollo y el poder político militar), y el capital financiero, es el principal ejes históricos de la acumulación mundial en el siglo XX. Con lo cual, el crudo la mayor parte de las veces usa a las finanzas para consolidarse como la base sólida de procesos de desarrollo y poder geopolítico, mientras que e otros momentos la industria petrolera se mimetiza con esas furas del capital financiero autonomizado y fuera de madre, pues también promueve falsas creencias, ilusiones economicas desarrollistas, iluciones técnicas, falsas espectativas politico militares, así como una temeraria inconciencia socio ambiental. Pero más allá de todas estas intrincadas ilusiones circulatorias, financieras, rentistas e históricas, lo que predomina en el siglo XX es que la industria petrolera se convierte en el principal eje de expansión del mercado mundial. Por la manera en que la explotación de los trabajadores y la naturaleza de este sector permite una acumulación descomunal de capital. Por la manera en que sus desarrollos científico técnicos y sus descomunales inversiones permiten la revolución de todos los medios de transporte global (sumando a la revolución del transporte terrestre y al desarrollo de la navegación marítima, la navegación aérea y espacial, lo que da la base para la revolución de las comunicaciones por medio de las infraestructuras espaciales). Por la manera en que la industria petroquímica se ubica en el corazón de toda la industria química (y desde ahí en el corazón del sector agroquímico, farmacéutico, de polímeros, etc.). Pero también, por la manera en que sus redes de infraestructura y de transporte de energéticos, sus técnicas automáticas de exploración, así como sus extraordinarias fábricas móviles han contribuido en la superficie del planeta al desarrollo del actual autómata planetario. La vertiginosa historia capitalista del petróleo (desde los vendedores ambulantes de pócimas en las industriosas ciudades yanquis del siglo XIX hasta su sofisticada actualidad energético-química) borra por completo no sólo la historia precapitalista del crudo, sino también las diversas historias posibles que desde los tiempos de su afiebrado descubrimiento y su maniaca exploración pudieron haber ocurrido. El petróleo capitalista forza los tiempos, las circunstancias y los destinos, para uniformizar el derrotero del siglo XX como una tragedia que impone el dolor paradigmático de mas de cien millones de muertos. A lo largo del siglo XX, el capitalismo petrolizado clama permanentemente por todo tipo de crisis, conflictos y guerras. Exigiendo los peores actos sacrificiales de la historia humana. Víctima de su descomunal importancia, el petróleo también termina convirtiéndose en la razón crónica de una prolongada depresión económica que se prolonga ya por más de treinta años. Ciertamente, el petróleo –como fuerza productiva (o valor de uso) y como forma de financiamiento y desarrollo de numerosos Estados nacionales (o forma social)– le da a la historia contemporánea enormes riquezas, realizaciones y posibilidades. Aunque el costo social –centralización empresarial, hegemonía estadounidense, geopolítica de guerras mundiales, corrupción nacional y sindical sin límites, explotación y superexplotación así como migración virulenta de trabajadores, despojos y masacres de comunidades y todo tipo de destrucciones ambientales–, así como el costo técnico, ambiental y cultural que la humanidad ha tenido que pagar al capital por esta materia prima, tampoco tiene precedentes. Sobre todo por la cancelación ambiental del futuro general del planeta que viene aneja a él. Durante los primeros meses del 2003, por primera vez en la historia contemporánea presenciamos la movilización conjunta y simultánea de decenas de millones de personas en todo el planeta que se oponían a una guerra absurda. Se trataba de la sociedad civil de todo el mundo que hacía un esfuerzo descomunal para intentar frenar la guerra de intervención de los halcones del pentágono y los corifeos de Inglaterra, España, Dinamarca y demás, en contra del pueblo de Iraq. Como señal histórica inusitada, un mismo cartel aparece en todas las protestas de Nueva York, San Francisco, Sydney, Tokio, Londres, Roma, Barcelona, Quito, Berlín, La Paz, Ciudad de México, París, Damasco, El Cairo, etc. Not blood for Oil, es el reclamo unánime que expresa no sólo el temor a una nueva guerra mundial y el caos general, sino también el fin de una era geopolítica centrada en el petróleo, así como el inicio de otra nueva era de lucha y de construcción de alternativas no sólo sociales, sino necesariamente económicas, políticas, energéticas, materiales, técnicas y ambientales. Pocos años despues los científicos del IPCC, despues de dos décadas de debates, presiones políticas, falta de datos, pero sobre todo de falta de voluntad política y epistemologías críticas apropiadas para obtener y procesar los datos necesarios, finalmente logran derrotar a su interior el veto que la administración Bush (y compañía) habían puesto para comprender y criticar el flamentable enómeno del calentamiento global. A partir de 2007 este grupo de científicos comienza a ventilar a la opinión pública mundial la información no ambigua que muestra el descomunal alcance del calentamiento global. Como la crisis ambiental es el síntoma de un modo específico de haber organizado el desarrollo económico de los últimos sesenta años, la descomunal crisis de sobreacumulación que explota durante 2008 aparece complejamente entreverada con diversas crisis menores de la actual civilización petrolera: como crisis en el precio de los energéticos, como crisis por agotamiento de yacimientos, como crisis cada vez más inquietante por el alcance del calentamiento global, como crisis productiva de alimentos, como crisis por la producción de biocombustibles, como crisis por la sobreproducción de viviendas y automoviles, etc. En 2008 el hartazgo económico y político de la sociedad civil estadounidense dio otro paso trascendente más en dirección a la superación de la civilización petrolera, cuando por primera vez en sesenta años decide y logra elegir un candidato a la presidencia que no fue el elegido por la maquinaria del poder petrolero de Estados Unidos. Candidato que a pesar de tener todos los fondos financieros, conexiones políticas, lobys y medios de comunicación en contra, logra finalmente vencer. Probablemente tengan parte de razón muchos de los analistas que insisten en señalar que las posibilidades y deseos de confrontar a la burocracia empresarial, estatal y militar petrolera de parte de Oabama son escazos, poco profundos o incluso muy peligrosos. Pero eso, no es para nosotros lo más importante. No sólo porque el pueblo de Estados Unidos experimentó con mucha fuerza lo que puede lograr una insurrección autónoma de corte electoral. O porque con las nuevas circunstancias se abre un mínimo respiro real a lucha democrática, previamente cancelada. Sino sobre todo, porque todas estas circunstancias estaran ocurriendo en el seno de la gran crisis de agotamiento de la civilización petrolera. Lo que hará de esta coyuntura, probablemente, uno de los principales parteaguas de la história del capitalismo. En su fetichismo, la civilización petrolera ha encontrado la manera de presentar como definitivo e irrversible lo que sin duda alguna es la civilización material más efímeras de todos los tiempos. Hoy vivimos literalmente en la cima de su fetichsimo. Pues este ya podrá seguir ascendiendo. Al mismo tiempo, su poder mistificante es tan alto que numerosos políticos de la derecha pero también de la izquierda piensan que nada va a cambiar. Sin percatarse que los graves crujidos que se escuchan son porque el ciclo de descenso ya comenzó, aunque la velocidad actual de las reformas capitalistas todavía sea la misma que tiene los continentes en su deriva por el planeta. Por desgracia, será la crisis y no las luchas y organizaciones sociales (actualmente todavía muy débiles), la que decidirá el alcance y la velocidad de aceleración en los cambios. No obstante, hoy se requiere poner mucha atención a los dramáticos nuevos senderos de la historia capitalista que ya estan comenzando a aparecer. 1.- Las riquezas petroleras Cuando los historiadores del futuro próximo investiguen la historia del siglo XX nunca dejará de sorprenderles la manera violenta en que toda la economía, la política y la cultura de este periodo estuvieron tan súbita, íntima y fugazmente manchadas de petróleo. El petróleo ha sido la mercancía dominante no sólo por el hecho de que ninguna otra mercancía energética haya estado asociada a un consumo tan masivo, así como a la elaboración de tanta variedad de sustancias energéticas, materias auxiliares, instrumentos de trabajo y medios de subsistencia de todo tipo. Sino también porque, aunado a lo anterior, de ninguna otra mercancía se ha podido generar tanto excedente económico o plusvalor, alimentando los grupos de capital más poderosos en toda la historia económica conocida. El periodo de reinado definitivo e irreversible del petróleo sólo ocurre después de la segunda guerra mundial, cuando las principales economías del mundo sustituyen su consumo energético mayoritario de carbón por petróleo. Realidad que se mantiene en nuestros días en los cuales el 40% de todos los energéticos que se consumen en el planeta es petróleo, 25% gas y 25% carbón. Mientras el 93% del petróleo consumido continúa teniendo uso energético. Y aunque es bien sabido que las reservas mundiales de petróleo se agotan veloz e irreversiblemente en el mundo, dando paso a la elevación en el consumo de gas, carbón y otras fuentes convencionales y alternativas, por desgracia el irracional reinado del petróleo promete continuar sólidamente en pie durante varias décadas mas, a pesar de la enorme catástrofe ambiental que ya se sufre en todos lados por el cambio climático del planeta. Con el descubrimiento del crudo como diferenciada base energética de carburantes y de lubricantes, como materia estructural (polímeros) íntimamente integrada al corazón del esqueleto metálico de la producción y como variado menú de medios de producción y de subsistencia (agroquímicos, alimentos, fármacos, fibras textiles, detergentes, cosméticos, explosivos, juguetes, celuloide, etc.) integrados a la reproducción de la población, el capitalismo del siglo XX no sólo encuentra el objeto útil más “plástico” de toda su historia –acelerando con ello el sometimiento material del planeta bajo el mercado capitalista– sino que además, por la manera en que esta base lleva al límite la voracidad devastadora de trabajo, espacio, naturaleza y salud consustancial a la relación social capitalista, el patrón técnico petrolero acelera la decadente transfiguración del capital de fuerza productora de la historia en fuerza destructora de la civilización. Desde una remota antigüedad el petróleo es conocido y usado de diversas formas como un aceite mineral con propiedades curativas para los seres humanos y animales, tanto en la Roma clásica, Asia Central, América prehispánica, Europa Central o Indonesia, mientras el betún era usado como material de construcción en los muros de Jericó y Babilonia o en la construcción de caminos, como cera o brea en Egipto, Venezuela e Indonesia para calafatear barcazas. También es usado como materia prima entre los aztecas para producir las bolas del sagrado juego de pelota, o como oleum incendiarum (rusticas bombas hechas de la mezcla de petróleo y cal viva que explota al contacto con el aire) entre bizantinos, griegos y chinos, ocasionalmente como fuente de iluminación en Roma, el gas se usaba como combustible para evaporar la sal en China, o el crudo se usaba como incienso, como colorante o como recubrimiento de esculturas entre los pueblos mesoamericanos. Mientras que las llamas de “fuego eterno” que se formaban en fugas superficiales de gas era objeto de culto entre tanto entre los seguidores de Zoroastro en Asia Central como en Persia (adoración a Ormuz). Bajo alguna de estas figuras útiles, se tiene noticia de que el petróleo era intercambiado como mercancía, por lo menos, desde hace tres mil años. [1] Sin embargo, ello muestra que no estaba escrito en las cualidades naturales de este valor de uso convertirse en la importante y compleja mercancía estratégica que actualmente es. Aunque tanto el azar, la voluntad individual (con su codicia incluida), o la racionalidad técnica y la eficiencia, juegan un papel central en el proceso de construcción del nuevo patrón técnico del siglo XX; la manera general de redescubrir los yacimientos de petróleo y de reinventar los usos del mismo, tal y como ocurre en los últimos ciento sesenta años, no sólo es un acontecimiento histórico basado en hechos fortuitos y neutrales. Tampoco es algo que los seres humanos estuvieron condenados inevitablemente a realizar, como único destino posible y obligado del desarrollo de la economía y el progreso científico técnico. Por necesidad y libertad, la historia humana bien pudo ser otra, peor o mejor. Y si no fue así, ello se debe al peculiar encuentro entre una poderosa civilización material capitalista, ya existente e irreversible en el siglo XIX, en pleno proceso de expansión mundial, y este negro saco de posibilidades técnicas, pesadillas económicas y militares, que desde 1848 comienza a brotar ruidosa y enérgicamente de las entrañas de la tierra. Por ello, la súbita aparición de abrumadores y contraproducentes usos energéticos y petroquímicos de los hidrocarburos, muy especialmente del petróleo y el gas, no se puede decir que tenga como causa fundamental el progreso de una ciencia y tecnología “responsablemente” dedicadas, como consecuencia de la revolución industrial del siglo XIX, a buscar para la humanidad energéticos cada vez mejores y eficientes. Pues aunque sin el desarrollo de tales habilidades y conocimientos científico-técnicos ciertamente hubiera resultado imposible la creación las actuales riquezas y usos del petróleo; en realidad, dichos usos y desarrollos se encuentran meticulosamente subordinados a las necesidades de acumulación del capital: al hambre infinita de ganancias y poder de los capitales, y a la correspondiente voracidad de empresarios y políticos no sólo petroleros. Sin estas tendencias de concentración y centralización de la economía y el poder político, resultaría impensable el desarrollo de la apabullante civilización material petrolera, con sus peculiares relaciones militares y geopolíticas. De ahí el carácter trágicamente contradictorio que en los últimos ciento sesenta años reviste el desarrollo del petróleo y el gas. Pues la utilidad de los mismos se ha subordinado históricamente no sólo a la necesidad de mejorar las fuentes energéticas de los motores automáticos (y por ahí a la necesidad de producir cada vez más riqueza material), sino también a la necesidad infinita de producir una riqueza “abstracta” (en el sentido de que al momento de producir dinero y ganancias tendencialmente ilimitadas no se tienen en cuenta las características concretas de la naturaleza, la sociedad, el medio ambiente y la historia). Por este motivo, la producción capitalista de energéticos no sólo debe subordinarse a la contradictoria necesidad de desarrollar fuerzas productivas mundiales igualmente abstractas para la sociedad, sino también a la decadente necesidad de desarrollar fuerzas destructivas enfocadas a la represión de la sociedad y a destrucción de la naturaleza, que perversamente sirvan para mitigar y contrarrestar las contradicciones que llevan a la autodestrucción del capitalismo 2.- Las miserias producidas por la riqueza petrolera Mientras EE UU y Canadá, Europa Occidental y la URSS, así como Japón y las nuevas regiones industriales de Asia construyen las descomunales infraestructuras industriales que acabamos de mencionar, las viejas y nuevas empresas transnacionales de la energía y de todo el nuevo patrón técnico petrolero (industria automotriz, aérea, petroquímica, minera, etc.) generadas en estas y en algunas otras regiones ricas en yacimientos petrolíferos, amasan los principales excedentes económicos del siglo XX. Este mismo proceso subvenciona un peculiar y afín desarrollo científico- técnico, que es controlado, explotado y configurado en su estructura interna por este mismo capital petrolizado del mundo. En virtud a la creación de este nuevo mundo hecho a imagen y semejanza del capital petrolizado, numerosas poblaciones y diversas regiones del sur y el norte del planeta pasan a ser sacrificadas de las más variadas e insospechadas formas en el altar del petróleo. El trabajo y la salud de los obreros petroleros; la supervivencia física y cultural de las comunidades que tienen la desgracia de habitar en las regiones petroleras; el estado del medio ambiente local, nacional o global; la vida y la salud general de la población que se reproduce dentro de las destruidas regiones petroleras o de la población que consume los productos tóxicos con los que esta industria inunda los mercados; así como la soberanía, la estabilidad y la paz de las naciones que son tocadas de una u otra forma por los intereses geopolíticos de la industria petrolera, son las variadas dimensiones de la vida humana y de la naturaleza planetaria, sistemáticamente sacrificadas por esta base técnica que el capitalismo se ha dado a sí mismo. Sacrificios que, desde fines del siglo XIX, progresiva y catastróficamente empeoran la situación de todos. 1. A partir de la primera Guerra Mundial, el petróleo ofrece una nueva y eficiente base energética que permite una insospechada movilidad de tropas y armas, así como una redefinición e invención del armamento mismo (marítimo, terrestre y aéreo) que hace del complejo militar industrial de los países occidentales el nuevo centro de la nueva economía capitalista, al tiempo que potencia esa misma fuerza militar que habrá de ser desplegada en cada una de las grandes guerras contemporáneas. Ello, mientras el petróleo, como materia prima en si misma, también se convierte en el botín estratégico más importante (the prize en palabras de Yerguin) de las poderosas naciones que libran las principales guerras mundiales y regionales del siglo XX y XXI, en busca de hegemonía. Por ello, se puede afirmar que con el desarrollo del capitalismo contemporáneo, el trenzado entre la violencia creciente de sus estas guerras y el poder creciente de la economía petrolera, tejen una unidad cada vez más estrecha y catastrófica. 2. Importancia económica creciente de la industria petrolera que, a su vez, necesariamente se basa en la producción de otras miserias y violencias cada vez más costosas y decadentes. Es el caso de la explotación creciente a los trabajadores petroleros en los países del norte y la implacable superexplotación de los trabajadores petroleros en los países del sur. Explotación que en ambos casos, con el paso de las décadas, implacablemente crece, si bien de manera paralela y con métodos diferenciados. Pues mientras en el norte se intensifica la jornada de trabajo y los riesgos cualitativos anejos al desarrollo de las tecnologías petroleras, en el caso del sur se mezclan los peores métodos y riesgos del desarrollo técnico, con los métodos salvajes de la extensión de la jornada de trabajo y del pago de la fuerza de trabajo muy por debajo de su valor. Sólo si se tiene en cuenta que la subordinación del los trabajadores petroleros es la principal base sobre la cual descansa todo el nuevo patrón técnico industrial y su nueva civilización material, así como la nueva cultural del consumo y de la destrucción bélica del capitalismo contemporáneo (sencillamente porque son ellos quienes producen el dinero que amasan los capitales y las naciones petroleras), se entiende la importancia real que tiene para el capital el control puntual de todas las formas de resistencia que los trabajadores petroleros puedan presentar en cualquier momento y región del mundo. No casualmente este va ser el sector laboral en el cual, además de brutales represalias directas a persistentes luchas y resistencias, el capital se va esmerar más en aplicar los peores y más ejemplares mecanismos de control y de corrupción sindical (la mas notable jerarquía salarial, uno de los peores aislamientos laborales, los mas extremos servicios de prostitución y suministro de drogas, las más altas compras de líderes, etc.), así como de la corrupción individual del cuerpo y la psique de estos trabajadores (destrucción extrema de la salud e intercambio de la longevidad del trabajador por salarios altísimos, la prostitución homosexual del trabajador mismo, etc.). 3. Como la industria petrolera se dispersa ampliamente por el sur y el norte del mundo, siguiendo la veta de todas las grandes, medianas y pequeñas cuencas donde se entrampan el crudo y el gas, para desde esos lugares enraizar las telarañas mundiales de ductos, carreteras y rutas marítimas de supertanques, los almacenes, las industrias de refino, la versátil transformación petroquímica, así como los infinitos centros urbano industriales de distribución de carburantes, los verdaderos impactos de esta industria en la producción y en la reproducción social y ambiental, se distribuyen por todo el mundo como en ningún otro caso. De ahí la sistemática destrucción y/o expropiación de tierras a las naciones soberanas, pero, sobre todo, a las comunidades indígenas ancestrales, campesinas o de pescadores que tienen la desgracia de haberse asentado en las selvas, las montañas, los llanos, los desiertos, las costas o las tundras donde subyacen las profundas cuencas petrolíferas. Comunidades que, después de un periodo inicial de resistencia contra las expropiaciones y destrucciones ambientales y de la salud de los habitantes, en la mayoría de los casos, terminan siendo expulsadas y si les va bien, proletarizadas. Pero si les va mal, exterminadas por militares o paramilitares al servicio de esta violenta industria. De ahí el acoso sistémico, la violación de los derechos humanos, económicos y sociales, el encarcelamiento o el asesinato de dirigentes comunitarios o la abundante manipulación de conflictos sociales y guerras interétnicas que laven las manos de las empresas transnacionales y los Estados interesados en limpiar étnicamente los territorios ricos en yacimientos petrolíferos. De ahí que en el siglo XX la industria petrolera se sume, con vigor inaudito, a la secular tradición bélica de la agricultura, la ganadería y la industria minera de Occidente, expulsando y exterminando a las poblaciones indígenas de todo el orbe. 4. La “pertinencia” energética que el petróleo brinda a las demandas tecnológicas del capitalismo de fines del siglo XIX, así como la monstruosa prosperidad de esta industria, genera una descomunal dimensión en las empresas petroleras que rebasa precozmente la medida de los principales mercados nacionales productores de petróleo, como fue el caso del mercado estadounidense. Hecho que conforme se globaliza la misma industria petrolera, inaugura la era de las grandes empresas trasnacionales, que a lo largo del siglo XX van a mantener en jaque permanente a los Estados nacionales de todo el mundo. Guerra perpetua entre las gigantescas empresas privadas y los Estados nacionales que comienza en Estados Unidos (pues el poder de la primera Standard Oil desde fines del siglo XIX pone en jaque el funcionamiento “democrático” del Estado yanqui) y se extiende hacia Inglaterra, donde el rezago técnico en materia petrolera obliga a que sea el propio Estado quien regule el crecimiento de la empresa angloholandesa Royal Dutch/Shell y precozmente estimule la construcción de una empresa petrolera mixta (la Anglo Iranian Oil Co., después convertida en British Petroleum) para así poder controlar la exploración de yacimientos y la extracción de recursos energéticos en todo el mundo. Sin embargo, es en el caso de las naciones del sur donde las empresas transnacionales privadas despliegan a fondo su guerra contra los Estados y la soberanía nacionales. Pues es ahí donde a cuento de la inversión de capital, las empresas osan quedarse incluso con la propiedad de los terrenos mismos, con la renta de la tierra, con el mando de las políticas publicas de los Estados, con la modulación de los precios internacionales, usufructuando gratuitamente las infraestructuras que las naciones crean. Como para las empresas las riquezas que desata la explotación petrolera son fruto exclusivo de su inversión original, los países petroleros del sur del mundo, más que hablar del esfuerzo creativo de sus propios trabajadores y habitantes, deberían estar eternamente agradecidos con la inversión inicial de capital. Por ello, durante décadas, intrigan y se oponen por todos los medios (golpes de Estado e intervenciones militares incluidas) a la nacionalización de los recursos energéticos y a la organización comercial internacional de los países productores. Por ello, cuando en los años setenta del siglo XX los procesos de saqueo resultan imposibles de sostener, los países metropolitanos devoradores de petróleo barato sufren el alza en el precio del petróleo (entre 1973-1978) como una severa catástrofe de su economía internacional, que requiere ser meticulosamente revertida durante los siguientes veinticinco años de neoliberalismo, por medio de instrumentos de regulación planetaria como los programas de ahorro de energía en los países del norte, el diseño de nuevas tecnologías metropolitanas mas eficientes en el consumo de energía, el enganche en la deuda financiera internacional de los ingenuos países que en el sur sueñan con el desarrollo, la manipulación ejemplar del Estado de Arabia Saudita y la rápida fractura de la OPEP a mediados de los años ochenta, así como finalmente la aplicación de un programa internacional de privatización y desnacionalización de todas las grandes empresas petroleras de los países del sur, que se aplica masivamente en los años noventa. El principal apoyo geopolítico de tales manipulaciones en el mercado mundial es el estado de guerra permanente en que se encuentra sumergida desde hace más de treinta años la región del Medio Oriente; el estado de asedio geopolítico crónico en que viven la mayor parte de los países petroleros del sur: Indonesia, Malasia, Tailandia, Nigeria, Venezuela, México, Colombia, Bolivia, etc. O incluso países poseedores de reservas menores como Ecuador, Guatemala, Chad, Vietnam, etc.; así como la exitosa conspiración en la caída de los precios internacionales del petróleo, ocurrida a mediados de los ochenta y que tanto contribuye al desmantelamiento de la economía de la URSS 5. La peculiar naturaleza química, los métodos de la prospección (explosiones, deforestación), las enormes presiones y las profundidades desde las cuales emergen poderosamente estas peligrosas sustancias energéticas, la quema de gases resultantes, el desperdicio de variados residuos petroleros o de lodos originados por las excavaciones, todas estas características de la industria petrolera ocasionan la implacable destrucción del medio ambiente, así como la salud de los trabajadores, sea en las áreas directas de producción o en el entorno inmediato y mediato de la producción. Destrucción de la tierra, el agua de los ríos, los mantos subterráneos y de los mares del mundo, de la agricultura próxima a las regiones petroleras, del aire y de la estratégica biodiversidad, todo ocurre por la presencia de una espesa sustancia toxica y por la creación de un calor residual producido por la quema de los hidrocarburos y por la generación residual de co2, por la producción de una lluvia ácida, por los reiterados y regulares derrames de crudo, por la creación petroquímica de nocivas sustancias tóxicas (organoclorados, etc.), por accidentes y explosiones de los energéticos y las sustancias químicas derivadas, en las mas variadas áreas de la industria petrolera (ductos, tanques de almacenamiento, refinerías, etc.) o bien por la cotidiana producción de un calor ambiental que no logra disiparse dentro de la atmósfera. Un aspecto particularmente destructivo de esta industria en la salud de los trabajadores, de los consumidores y en la salud ambiental del planeta, deriva de la extraordinaria y versátil transformación química industrial de las sustancias petrolíferas (organo-halogenados), que al ser consumidas propician en el organismo de los seres vivos la acumulación de sustancias nocivas. Cuando a estas sustancias les llega el momento de convertirse en basuras o residuos lo que se tiene son materiales que a la naturaleza le lleva cientos o miles de años degradar. Y cuando se procede a su incineración ocurre la aparición de nuevas sustancias tóxicas (contaminantes orgánicos persistentes) mucho más venenosas que cualquiera de las sustancias anteriores. 6. Pero la destrucción global ocasionada por la civilización petrolera capitalista en realidad es mucho mayor que la simple suma de cada una de sus destrucciones parciales. Como cada una de las destrucciones tiene conexión directa e indirecta con las demás, el conjunto de destrucciones económicas, ambientales, sociales, políticas y militares terminan formando una maraña de relaciones, dentro de la cual cada relación particular entra en relación con otras relaciones singulares, particulares o generales, lo que lleva a la imposibilidad de desenredar y acotar a la totalidad resultante. Por lo que esta termina creciendo por si misma, como si tuviera vida propia. Es el caso de la destrucción de las comunidades indígenas y las soberanías nacionales, la destrucción de la salud y la corrupción de los trabajadores petroleros, o la destrucción de la salud y la sensibilidad de los consumidores, todos factores que no sólo se enredan trágicamente entre sí, sino también con la devastación del medio ambiente. Pues la asidua destrucción de todas estas subjetividades, aunque ideológica y momentáneamente permite cargar la factura de la destrucción ambiental a la falta de conciencia ecológica de toda la “humanidad”, lavándole así las manos a los capitales petroleros (lo que les ayuda a extraer recursos del Estado y la sociedad para financiar la reparación de parte de las destrucciones ocasionadas por la codicia petrolera), en realidad produce una sociedad trágicamente industrializada, urbanizada y aletargada, cuando no completamente pasiva, frente a la catastrófica devastación ambiental del mundo. Mientras la atroz devastación de la naturaleza mundial acelera como nunca la destrucción de la vitalidad y del futuro de cada individuo (las ciudades se han convertido en las mas importantes maquinas de manipulación y destrucción de la salud de los sujetos), la deformación de la información en torno al origen y peligroso alcance de estas destrucciones, se orienta hacia la idea fascista de que son los miles de millones de necios consumidores los que en verdad se están acabando el planeta. Como si los consumidores en algún momento de la historia hubieran dispuesto de alguna libertad para decidir sobre lo que están consumiendo. Cuando en realidad, lo que esta en juego y avanza es otra campaña propagandística de corte nazi destinada a convencer a todos de que en el fondo sobran miles de millones de seres humanos incapaces de resolver sus problemas en el planeta tierra. Esta destrucción de la conciencia y de la esperanza histórica es una realidad global, que rebasa a cada una de las destrucciones parciales, lo mismo que la acumulación de hechos como la urbanización desenfrenada, la ampliación de la frontera agrícola, las deforestaciones y el avance de la desertificación, la pérdida de biodiversidad, los accidentes de buques tanque, la prospección marina y la construcción de plataformas petroleras marinas y la acelerada perdida de biodiversidad marina, el consumo urbano industrial de todo tipo de carburantes, polímeros y sustancias químicas nocivas, las emisiones crecientes de CO2, que tienden catastróficamente a acumular un calor atmosférico que provoca un cambio climático de consecuencias globales impredecibles, pero que entre tanto también hacen “sinergia” con la contaminación de todo tipo de aguas y nuevamente con el deterioro de la salud de casi todos los habitantes del planeta. Destrucción conjunta del sujeto humano y del objeto natural que ciertamente no entra en las cuentas de haberes y deberes con las que las empresas se llenan de espuma la boca hablando de la prosperidad que la civilización petrolera le ha traído a la humanidad. 3.- La lucha contra el capital petroleo Hasta el día de hoy el capital mundial con gran habilidad ha logrado anular o hacer sufrir por separado a todas sus victimas sacrificiales de la historia de la producción y el uso capitalista de su energía petrolera. Dividiendo los agravios entre si, el capital siempre ha vencido cada una de las resistencias que se desarrollan contra estos sin muchos problemas. Si bien resulta cierto que ha tenido que enfrentar algunos severos contratiempos: 1.- los procesos de nacionalización de la industria petrolera de algunos países del sur, y 2.- el aciago periodo de los años setenta en que la OPEP logra elevar los precios del petróleo arrebatándole a las metrópolis una parte importante del habitual traspaso de descomunales excedentes del sur al norte. Perdidas económicas para el Capital global que, en realidad, no duran mucho, por la manera en que los Estados del Medio Oriente y Venezuela se comportan como simples empresas capitalistas internacionales que depositan sus enormes ganancias en los bancos de los principales países metropolitanos: fondo que habrá de re-convertirse en un nuevo capital prestado al tercer mundo, para después cobrar con anatocismo la deuda financiera internacional. Eso, mientras las nuevas empresas petroleras del sur extienden con nuevos bríos la exploración, la extracción, la oferta y el consumo de petróleo. Sin proponerse en ningún momento paliar el carácter explotador y destructivo social, económico y ambiental de la industria petrolera. El proceso global de nacionalizaciones de las empresas extractoras, refinadoras y comercializadoras de crudo, propiamente iniciados en México en 1938, son puntualmente revertidos durante la década de los años noventa, con el proceso neoliberal de desregulación del Estado, así como de privatización y desnacionalización de todas las empresas públicas encargadas de la energía y el manejo de las infraestructuras y servicios. Por ello, más allá de estos vaivenes en la disputa entre el capital privado transnacional y las empresas petroleras públicas del tercer mundo, en realidad el capital logra en todo el mundo confrontar exitosa y directamente entre si a todos los agraviados por la civilización petrolera. Por ejemplo, a los trabajadores asalariados de la industria petrolera contra las comunidades indígenas desplazadas por la extracción del aceite, haciéndoles creer a los primeros que ellos encarnan la modernidad y el progreso mientras los segundos son la encarnación de la falta de espíritu de progreso. El capital global también logra confrontar a los modernos consumidores de sorprendentes y confortables productos petroquímicos (agroquímicos, polímeros, fármacos, productos de limpieza del hogar, etc.), con el grupo de ecologistas que pelean contra las variadas destrucciones que imponen las cadenas productivas y consuntivas de la industria petrolera. De la misma manera en que el capital logra propiciar numerosos conflictos geopolíticos nacionales y regionales (sean guerras entre el norte y el sur o bien entre países del propio sur, como fue el caso de la prolongada y devastadora guerra entre Irán e Irak en los años ochenta o la guerra entre Perú y Ecuador en la misma década), ello contra los pacifistas que, sin tener mucha conciencia de los problemas de fondo, en realidad pelean contra la guerra fría o contra otras guerras mas directamente generadas por los intereses del petróleo. De esta suerte, el capital logra mantener separados los diversos frentes de resistencia contra la industria petrolera, y logra que cada uno crea estar peleando sólo por intereses particulares. Lo que mantiene débil a cada uno frente a este descomunal pulpo de la acumulación mundial de capital. Ante este panorama, hoy hace falta darle la vuelta a la situación y comenzar a construir entre todos un gran frente unitario de resistencias diversas, en el cual puedan confluir los intereses vitales básicos de todos. La lucha general y diversificada contra el petróleo capitalista tiene significado no sólo para los grupos que resisten en lo inmediato agresiones y agravios ocasionados por específicas industrias petroleras, gaseras, petroquímicas, etc. Como la producción de riqueza y miseria petroleras –y por ende, las agresiones– son simultáneamente particulares y globales, la resistencia también debe ser particular y global. Lo que implica que cada lucha sólo puede lograr enlace con las demás si entre todos captamos su importancia general, mientras que la lucha general contra el neoliberalismo y el capitalismo sólo echará raíz si capta la enorme trascendencia que tienen para sí las múltiples luchas complejas de indígenas, ecologistas, trabajadores, consumidores y pacifistas contra las empresas extractoras de recursos naturales estratégicos (petróleo y gas, minerales, biodiversidad y agua) y contra los impulsores de megaproyectos y destrucciones puntuales de seres humanos y el medio ambiente todo. En defensa de la tierra La lucha de las comunidades indígenas, campesinas y de pescadores contra las grandes empresas transnacionales extractoras y transformadoras de petróleo, es, sin lugar a dudas, la actual forma de resistencia social más numerosa e importante en contra de este decadente tipo de capital. Ello, como consecuencia directa de la enorme expansión mundial que adquiere esta industria, como respuesta de las metrópolis a los intentos emancipatorios de los países de la OPEP en las tres últimas décadas del siglo XX. Expansión general de la prospección y la extracción de hidrocarburos que busca, en primer lugar, compensar la dependencia de las metrópolis para con los principales yacimientos supergigantes del medio oriente. Para ello Estados Unidos diversifica con sistematicidad sus fuentes de abastecimiento, abriendo la explotación de cada vez más cuencas petroleras, mayores o menores, en América Latina, África, Asia o el circulo polar Ártico. Lo cual implica expropiar numerosas tierras indígenas milenarias, campesinas, así como playas y aguas costeras de pescadores, como zonas de prospección, extracción o a veces de transformación industrial de petróleo y gas. Saqueo de tierras que culmina un largo y violento proceso de expulsión y/o exterminio de poblaciones tradicionales, que inicia cinco siglos atrás, pero que en el caso del petróleo comienza hace apenas sólo ciento sesenta años. ¿Por qué entonces este proceso, que nadie ha podido detener hasta ahora, se coloca inesperadamente en el centro de las principales luchas de resistencia anticapitalista del mundo hacia finales de los años ochenta? (Cfr. Jerry Mander. En Ausencia de los Sagrado) La dimensión del segmento de población que el capitalismo necesita forzosamente dejar en la marginalidad, e incluso condenar parcialmente al exterminio, ha crecido hasta convertirse en la parte mayoritaria de la población mundial. Población sobrante o supernumeraria que resulta del proceso de automatización creciente de la producción, pero que adicionalmente ayuda a la caída salarial y al sobretrabajo de los segmentos de población que si logra obtener empelo. Población sobrante que, además, lubrica los vaivenes del empleo y desempleo generados por las crecientes crisis económicas del “progreso” capitalista. Como el capital ya regula los procesos alimentarios, medicinales, educativos, etc., que soportan la producción demográfica en todos lados, al tiempo en que lleva y trae fácilmente del sur al norte y del oeste al este a cientos de millones de personas, para consumirlas productivamente o bien para manipularlas como grupos de presión contra las masas de población que si logra obtener empleo, este ejercito de población sobrante ya funciona de manera unitaria en todo el mundo. Por dicho motivo, quines hoy pelean contra la expropiación de sus tierras y contra su exterminio cultural y físico, libran una lucha que ya no está aislada sino que conecta objetivamente con la lucha de todos los que están en contra de la marginación y el exterminiode cualquier tipo de población “excedente”. Lo que tiene significado no sólo para otras poblaciones rurales marginadas, sino también para todos los excluidos actualmente hacinados en grandes centros urbanos. Problema que se superpone con otro hecho esencial. Al emprender el neoliberalismo una exhaustiva expropiación de todos los recursos naturales del planeta (descrita por la Critica de la Economía Política como “acumulación originaria de capital”), el mercado mundial corre actualmente el riesgo de destruir las principales relaciones metabólicas que dan sustentabilidad a la explotación económica de todo el planeta. De ahí que esta acumulación originaria se presente como una posible acumulación terminal de la riqueza humana. Esta crisis ecológica mundial creciente, coincide directamente con la agresión y destrucción de miles de formas culturales comunitarias que viven hace cientos o miles de años en y para las regiones de mayor riqueza biológica del mundo, domesticando y enriqueciendo la biodiversidad, conservando los recursos biológicos e hídricos, al tiempo que empleando técnicas, formas de consumo y reproducción que resultan amigables con el medio ambiente y la salud de las personas. Por ello, en la vuelta de siglo XX al XXI la lucha de resistencia de estos pueblos se ha convertido de una lucha particular de resistencia contra la expropiación de sus tierras milenarias, en una lucha general en favor de toda la humanidad, por cuanto pugna por la conservación de esa insospechada y estratégica fuerza productiva técnica y procreativa para toda la humanidad, que es la diversidad cultural y ecológica custodiada por las comunidades rurales y marítimas tradicionales del planeta. En la medida en que la agresión a estas comunidades es realizada por todos los capitales dedicados a explotar los recursos naturales mineros, energéticos, biológicos e hídricos, o bien por los capitales dedicados a implantar las mega infraestructuras de la actual globalización, esta lucha tiende a desarrollarse como una lucha integral contra todo tipo de expropiación/privatización de los territorios, pero también contra todo tipo de saqueo y/o exterminio cultural. Por ello las luchas indígenas han estado madurando en todo el mundo como luchas integrales por la autonomía cultural y territorial. Lo que hace de la resistencia de estas miles de pequeñas poblaciones que al capital le gusta mirar como “sobrantes” la lucha de los mas imprescindibles, de los últimos guardianes no sólo de la biosfera y de sus hot spots de biodiversidad y agua, sino también de los últimos guardianes de la diversidad de las lenguas y conocimientos creados por el genero humano a lo largo de decenas de miles de años; la lucha de los guardianes más resueltos de la diversidad biológica y humana frente a los peligros que impone el modo abstracto y homogéneo de operar del mercado mundial capitalista. La denegación sacrificial de esta población que el capital quiere elegir como sobrante, pone en el primer plano de la resistencia mundial la lucha cultural por la identidad, por la lengua, la cultura, los saberes locales, los usos ecológicos y saludables, las costumbres políticas comunitarias, etc. La resistencia a la expropiación de los territorios pone en el mismo plano de importancia la lucha por la producción social del espacio rural (y, a partir de ahí, de la relación entre la ciudad y el campo) y por la gestión democrática de todos los recursos. Mientras la negación que el capital mundial hace de todas las regiones en las que se mantiene viva la relación de los sujetos colectivos con sus tierras, también propicia que estas modestas luchas rurales nos muestren, con cada caso, la esencial capacidad histórica que los seres humanos tenemos para crear y recrear, tanto hoy como en el futuro, diversas formas culturales de construir la unidad comunitaria y la unidad entre la cultura y la naturaleza. Por este motivo, la modesta lucha de las comunidades indígenas por la autonomía cultural y la soberanía local, regional y nacional de los territorios –lógica de resistencia que la población sobrante da en el mundo de diversas formas contra todos los procesos de exclusión– termina trasmutándose con gran fuerza en una lucha por el carácter imprescindible de todos, o como no han dejado de insistir las comunidades indígenas mayas zapatistas de Chiapas, en una lucha por la humanidad y contra el neoliberalismo. Tal la potencia trascendente que tiene o puede tener la lucha mundial de las comunidades indígenas contra las expropiaciones capitalistas de recursos y contra las empresas petroleras, cuando estas luchas llegan a defender la autonomía territorial indígena, y cuando llegan a asociarse entre si y, con ello, a contagiar su animo plural, democratizador y justiciero entre todas las demás luchas. La lucha ecologista y de los consumidores Si bien, la lucha ecológica no es patrimonio exclusivo de los indígenas o de los habitantes del campo y las costas. La destrucción de la calidad de la vida sufrida en las ciudades, y muy especialmente la ocasionada por la civilización petrolera en las ciudades y el campo, da para que crecientes sectores procedentes de todos los sectores sociales urbanos luchen contra la compleja destrucción ambiental del capitalismo petrolizado. Luchas ecologistas que convergen y se retroalimentan directamente con las luchas indígenas y campesinas antedichas. En este caso, la resistencia ecologista se dedica a denunciar y oponerse a diversos aspectos de la civilización petrolera del capital. Oposición muy diversificada en diversas denuncias y crítica a los accidentes petroleros ocurridos en el mar y la tierra, a la agresión contra la biodiversidad marina, a la destrucción que la prospección y explotación petrolera hace de bosques, selvas, tundras o profundidades del mar, a la contaminación de ríos y mantos subterráneos, a la producción de contaminantes orgánicos persistentes, al calentamiento atmosférico global, etcétera. Si bien, la lucha ecologista no se ha restringido a la mera oposición sino que también se ha ocupado de buscar propuestas de producción técnica alternativa de energía. Como es el caso del aprovechamiento de la energía solar, eólica, geotermia, mini hidráulica, maremotriz, etc. Propuestas alternativas para el ahorro de energía, o para la el uso eficiente (sin desperdicios o fugas) de energía. Hasta llegar a la realización de propuestas generales de soberanía energética por país. De esta forma, las luchas ecologistas permiten llevar adelante las luchas populares que surgen de la resistencia de las comunidades indígenas y rurales, al buscar y encontrar soluciones completamente nuevas –basadas ya no sólo en los conocimientos indígenas tradicionales sino también en el desarrollo de la ciencia y la tecnología contemporánea– mejor adecuadas a la actual situación demográfica, técnica y ambiental de un planeta atrozmente desfigurado desde hace varios siglos por el mercado mundial capitalista. (Cfr. John Mcneill, Algo Nuevo Bajo el Sol) Lo que implica que la lucha que numerosos ecologistas vienen librando desde hace treinta años en el terreno de la energía, constantemente se ha convertido en gestión gratuita de salidas energéticas “amables” para la nueva acumulación de capital. Grupos de ecologistas organizados como productores y/o consumidores alternativos de energía en ocasiones se convierten, paulatinamente, en nuevos tipos de capitales incipientes, que investigan por cuenta propia los problemas que el gran capital mundial e imperial, en su rigidez, se niega a pensar y resolver. Trocando con ello a luchas y esfuerzos sociales en iniciativas capitalistas de avanzada y, por lo mismo, en gestores de ganancias extraordinarias que abren el camino de las nuevas salidas técnicas. Para que, cuando estas finalmente demuestren su eficacia social, las grandes empresas transnacionales terminen graciosamente apropiándoselas. Si bien, mas allá de esta perversa absorción capitalista de las luchas ecologistas, mientras el capital no abandone su perversa inclinación por las técnicas energéticas hipercentralizadas y de alto riesgo ambiental (como los hidrocarburos o la energía nuclear) dichos esfuerzos son la única forma efectiva de producir algunas salidas energéticas efectivas no sólo para el capitalismo, sino para toda la humanidad. De ahí, la enorme trascendencia que han tenido y tienen estas luchas específicas contra el capital petrolizado. La mala calidad de los objetos derivados de la industria petrolera afecta no sólo a la naturaleza. Igualmente envenena la salud de todos los consumidores productivos o finales de estos bienes. No obstante, aunque los consumidores somos la masa de población mayoritariamente afectada por la industria petrolera (pues de una manera u otra somos casi todos los seis mil quinientos millones de seres que habitan el planeta tierra), al mismo tiempo somos la masa de población mas orgánicamente sometida a los poderosos yugos de esta industria. Pues en lo inmediato vivimos esta subordinación a la civilización material petrolera como una mejora en el confort de nuestros consumos, cuando no como un apabullante disfrute de diversos e insospechados productos petroleros. El petróleo no sólo desplaza al carbón como base energética. Sino que como mezcla de muy distintas clases de hidrocarburos, es usado en conjunto o por partes, destilando sus subproductos, para usarlo, durante los últimos ciento cincuenta años, como fuente de iluminación, como base de lubricantes, como esencia para motores de explosión, asfaltos, parafinas o como petróleo combustible con un alto poder calórico en los quemadores de las industrias. Por ello, la nueva materia prima rebasa ampliamente el original uso energético del carbón y se convierte en la más atractiva de todas las sustancias, pues alimenta energéticamente, auxilia e incluso envuelve a todos los modernos autómatas, no sólo industriales sino domésticos. Las características de las distintas fracciones de los hidrocarburos del petróleo tienen además la cualidad de ser estructuras químicas sumamente sencillas a partir de las cuales pueden sintetizarse moléculas progresivamente complejas que hacen posible la síntesis química de millones de subproductos que van desde el hule (o caucho sintético) hasta alimentos (grasas sintéticas y azúcar artificial), pasando por el diseño de fibras sintéticas, pinturas, barnices, ceras, empaques, medicinas, jabones, cosméticos, perfumes, anticongelantes, glicerinas, explosivos, TNT, napalm, o insecticidas, herbicidas, fungicidas y fertilizantes, de la revolución verde. A partir de 1983 ocurre por primera vez que los plásticos y materiales sintéticos superan la producción mundial de hierro, (equivalentes a 125 millones de metros cúbicos). Diseño de polímeros cada vez más complejos y sofisticados —estructuras artificiales con base en cadenas orgánicas presentes en los hidrocarburos— que son base para la producción de nylon, tergal, dacrón, orlón, y otras fibras, a partir de las cuales se confeccionan todo tipo de tejidos destinados al uso industrial o doméstico. Pero los plásticos también son usados como hule sintético, para la construcción de carrocerías o interiores de automóviles (recubrimientos, asientos, tableros volantes, manivelas, etc.), llegando en nuestros días a componer hasta el 10% de su peso total. Plásticos que también encontramos en el diseño de camas, sillas, mesas, cajoneras, envases, botellas, bolsas, portaviandas, cubetas, escobas, mangueras, telas para manteles, cortinas, espantosas sábanas y cobertores, trapeadores, engranes para todo tipo de maquinas de electrodomésticos, resinas para dientes, biomateriales para órganos artificiales, rojo de labios, rimel, laca de uñas, condones, prendas íntimas, zapatos, tenis, botas, prendas deportivas de todo tipo, botones, hilos, lejía, esponjas, shampoos, mejorales, cepillos y pasta de dientes, juguetes, tintas para bolígrafos y para imprenta, películas fotográficas, cintas de cine, audio y video, discos compactos, cintas adhesivas, celulares, palms, gabinetes para radios, televisores, lap tops y demás electrodomésticos, aerosoles, conservadores para alimentos, saborizantes, colorantes industriales, tuberías, lozetas, cables, alfombras, colchones, techos y paredes para casas y escuelas, canceles, plafones y muebles para oficinas y fábricas, escaleras, lanchas, esquís, tablas de surf, adornos artificiales, flores y todo tipo de plantas artificiales y, naturalmente, para que la familia termine de ser feliz, muñecas o muñecos inflables. “En 1950 (...) se produjeron cerca de dos millones de toneladas de químicos básicos; hacia 1986, la producción se incrementó hasta casi 100 millones de toneladas” (Guía de las sustancias contaminantes, p. 151) Si en los años sesenta se hablaba con asombro de la síntesis artificial de 300 000 productos derivados de la industria petroquímica, para inicios de los años noventa se conocían ya más de 5,000,000 de productos orgánicos ligados a tal industria y para 2003 la cifra ascendía a 10,000,000.. Por otra parte, el diseño artificial de polímeros es una técnica cada vez más sutil y versátil, que perfecciona de manera asombrosa el peso de los materiales, sus propiedades de conducción eléctrica, de resistencia al calor o a la luz, su dureza y flexibilidad, etc. Desde que finaliza la segunda guerra mundial las técnicas de manipulación de polímeros se convierten paulatinamente en la moderna ingeniería de materiales (de sólidos o líquidos) y en la nanotecnología, unas de las principales tecnologías de punta de la actualidad. Por su parte, las principales sustancias precursoras de la industria petroquímica no sólo terminan convertidas en los millones de productos finales antedichos. También se utilizan como materias auxiliares para la producción de casi todos los bienes de consumo e industriales: alimentos, medicinas, cosméticos, maderas, aparatos electrodomésticos, combustibles, plásticos, equipo electrónico, textiles, papel y muchos otros productos. Algo poco conocido es que la presencia de sustancias químicas en la producción de las computadoras es enorme: porque no sólo está en la producción de la cubierta plástica o el teclado, sino en la elaboración de los microprocesadores, de los alambres de todos sus circuitos, en la pantalla cubierta de vidrio, en los tubos de rayos catódicos, en la producción del cristal líquido o en la producción de los organo-halogenados que sirven de antiinflamentes. De ahí que a los historiadores del futuro les va resultar imposible narrar o imaginar toda la moderna manipulación del consumo sin una compleja descripción de todas las sustancias que la industria petroquímica introdujo en la segunda mitad de siglo XX, dentro del proceso de la reproducción del capital y de la reproducción social. El problema de tanto “bienestar” energético y petroquímico estriba en que la mayor parte de estos objetos requieren para su producción o incluyen en su estructura material terminal sustancias químicas altamente tóxicas que durante la segunda mitad del siglo XX han estado envenenando de forma irreversible el cuerpo de todos los consumidores y el cuerpo general de la naturaleza. Es el caso de los Contaminantes Orgánicos Volátiles (COV), los hidrocarburos poliaromáticos y los compuestos organoclorados incluidos en los llamados Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), que las plantas de la industria petroquímica y las interminables basuras de la sociedad de consumo vierten en aguas, tierras y aires de todo el planeta, terminando irremediablemente por acumularse en los cuerpos de todos los seres vivos, incluidos los seres humanos. El daño de estas sustancias tóxicas, acumuladas en todos los rincones del planeta y en todos los aspectos de la vida contemporánea, termina por masificar un nuevo patrón de enfermedades degenerativas de todos los órganos y sistemas del cuerpo humano. Razón por la cual se levanta lentamente una resistencia contra de toda esta destrucción de la calidad de la vida. La lentitud con que avanza la resistencia de los consumidores contra la miríada de productos nocivos de la industria petrolera, estriba en que la mayor parte de los efectos dañinos de estos objetos solo se aprecia en el mediano y largo plazo, mucho después de que termina el embelezante consumo de las modernas sustancias petroquímicas. Propiamente cuando llega el momento del desecho de las sustancias o los productos, dentro y fuera del cuerpo humano. Es entonces cuando se descubre que los remanentes físicos, energéticos y magnéticos que dejan estos productos, son altamente tóxicos por la manera en que sus sustancias y energías constitutivas le resultan extrañas al metabolismo del cuerpo. Sin que este tenga la oportunidad de procesarlas, asimilarlas o desecharlas. Por lo que Incluso se acumulan y concentran progresivamente en tejidos enfermos. Ocasionando ello crisis en la salud que no logran tampoco limpiar los cuerpos, lo que desata irreversibles enfermedades progresivas y degenerativas de los organismos. Se trueca así el fugaz y vistoso placer de las sustancias petroquímicas en un dolor creciente que, por desgracia, el consumidor lo vive atomizadamente como un problema de su salud individual, que además no se asocia a una serie de consumos individuales pretéritos y mucho menos a la estructura general del patrón de consumo petrolero dentro del cual vivimos. Como si esta disgregación de la experiencia no fuera suficiente el consumidor tiene que soportar la supuesta información “científica” proveniente de todas las empresas y los centros académicos que promueven las ventas de estas novedades del progreso técnico. Esta mediatez del daño obstruye la conciencia de los consumidores y es sólo hasta el momento en que se masifican los terribles daños a la salud y el medio ocasionados por los petroquímicos –al momento en que las enfermedades degenerativas ocupan los primeros sitios de entre todas las causas de muerte y las especies animales mutan genéticamente– cuando finalmente aparece una tímida y paulatina resistencia, que sin embargo ya no retrocede nunca. Esta resistencia presiona para que los estados y las empresas investiguen algunas de las consecuencias más nocivas que tienen estas sustancias, tanto en el largo plazo como en la totalidad de las cadenas ecológicas y el metabolismo general del cuerpo humano. Pero esta misma resistencia también obliga a que los Estados y algunos organismos internacionales prohíban o regulen la emisión de las peores sustancias petroquímicas (reduciendo el empleo de sustancias peligrosas pero sobre todo colocando filtros en las bocas de salida de las industrias nocivas). Al tiempo que proceden a aplicarse programas de remediación en las zonas más devastadas. Conforme se avanza paulatinamente en la resistencia elemental al consumo de cada uno de los productos tóxicos, en la investigación y en la regulación industrial de los mismos, algunos consumidores proceden autogestivamente a la búsqueda de otras sustancias no nocivas o alternativas que puedan remplazar e incluso mejorar los usos de las sustancias nocivas cuestionadas. Sin embargo, como esta resistencia ocurre en el ámbito de la vida doméstica de los individuos, en la vida cotidiana de los campesinos, en la lucha de las comunidades contra las emisiones y accidentes que ocasionan las plantas de extracción, refino o transformación de las industrias químicas, etc., el avance general resulta muy lento, si se le compara con la velocidad que tienen los procesos de destrucción del medio ambiente y la salud; y también si se la compara con la inventiva con que las empresas químicas se dedican a acosar a la sociedad con interminables novedosas mercancías cada vez más nocivas. Por lo mismo, la lucha de los consumidores contra el universo de los petroquímicos esta necesariamente obligada a tener que dar un paso más adelante. Complementando el cuestionamiento que los ecologistas hacen de las políticas públicas de energía mediante la creación de propuestas alternativas globales para el desarrollo de la soberanía energética de las naciones y para el funcionamiento global del planeta, con la realización de propuestas de una nueva política general de producción de materiales. Esta necesaria nueva política alternativa de materiales parte de la crítica a la inutilidad de fondo que tienen la realización de enormes gastos en pseudo soluciones aplicadas sólo a la fase final de los procesos del consumo productivo y del consumo de la sociedad, colocando filtros a las chimeneas y desechos de agua de la industria petroquímica o aplicando programas de remediación en zonas de desastre. Proponiendo una transformación de fondo en la producción de todos los materiales La lucha por la soberanía y la paz de las naciones 1. El proceso de globalización ocurrido en la segunda mitad del siglo XX madura la integración mundial de flujos, redes y corredores electroinformáticos e intermodales del capital industrial, comercial y financiero, así como inéditos flujos abiertos y clandestinos de mano de obra, que entretejen de modo asombrosamente vertical y homogéneo un proceso de producción y reproducción social, que además ya es unitario a escala mundial. Lo cual funciona en virtud al desarrollo de un centro hegemónico que coordina en su favor la automatización productiva global (industrial, agropecuaria, biológica, en servicios), y una reproducción material y social, también de escala global, que le es afín. Para ello, el centro hegemónico: 1. Aplica un monopolio creciente y excluyente del desarrollo técnico y de apropiación de excedentes, cada vez mayores; 2. Disciplina, explota y/o sacrifica cada vez más personas que habitan las más grandes áreas geográficas destinadas a la reproducción de personas “necesarias” y “sobrantes”; 3. Controla cada vez más todo los tipos de flujos internacionales de población; 4. Establece en las rutas de estos flujos de población y capital una miríada de centros de economía abierta dentro de los que destacan los enclaves de maquila o “ensamble” industrial, energético, informático, agropecuario, turístico, educativo, etc.; 5. Extiende a todo el planeta un saqueo sin precedentes de viejos y nuevos recursos naturales (energéticos, minerales, biodiversidad y agua). Y 6. Explota de nuevo modo geopolítico la forma material geográfica del mundo, derivada de la reciente revolución en la producción social del espacio; es decir, en el uso del suelo (del subsuelo, la biosfera, los mares, la atmósfera y el espacio exterior). Esta integración global de los procesos productivos exige a las potencias centrales replanteen sus formas de subordinación técnica de las naciones más débiles, así como de robo de riquezas naturales y recursos demográficos. Para ello, como es sabido, las naciones sometidas requieren que sus respectivos Estados renuncien cada vez más a la gestión soberana de sus territorios como espacios en los cuales se coordina el desarrollo técnico con el social. Se requiere, por lo mismo, que los Estados subordinados del sur y el norte se conviertan en las sucursales de los Estados centrales, que auxilian en la nueva coordinación de los desarrollos técnico, comercial y financiero de las metrópolis con el saqueo natural y demográfico de las periferias. En la medida en que la de globalización del siglo XX se dispara con la expansión mundial de las industrias asociadas a la producción y consumo de petróleo, el desarrollo de la automatización global de la producción y sus formas de “ordenar” la hegemonía (centrada en los grandes conflictos bélicos entre las potencias del norte), quedan básicamente asociados al control internacional de la producción de petróleo y gas. Por eso, la organización de la globalización pasa necesariamente por el sojuzgamiento y/o arrasamiento de las naciones petroleras del sur. En el siglo XX una de las peores amenazas a las soberanías nacionales va a proceder sistemáticamente de las disputas hegemónicas por petróleo. Pues mientras los grandes imperios definen sus principales formas de poder económico y militar en torno a la posibilidad de tener en su propio suelo petróleo y/o de lograr el acceso firme al petróleo ajeno[2]; a los países del sur, la posesión o carencia de petróleo les define la manera en que padecen las relaciones de dominación mundial. La posibilidad técnico material de extraer crudo y gas en el suelo patrio y la posibilidad de operar industrias petroleras progresivamente complejas, se convierten en factores económicos, políticos y militares esenciales para la construcción y/o consolidación de nacionalidades periféricas.[3] Es el caso ejemplar de naciones como México (en la post revolución), Irán, Irak, Venezuela, Libia, etc. Para estos países la lucha por el control soberano del petróleo expresa el momento decisivo en la construcción de su identidad nacional. Mientras que para países como Arabia Saudita, Colombia, Bolivia, Nigeria, Indonesia, Ecuador o el mismo México actual, el miedo a la presión externa sobre sus recursos petroleros les deforma progresivamente su identidad nacional. Uno de los pasos más osados en este tipo de lucha nacional ocurre cuando el conjunto más importante de las naciones productoras del sur se organizan internacionalmente en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en los años setenta para establecer, más allá del dictamen de las empresas transnacionales, el precio internacional del petróleo. Lo que lleva de manera pasajera, en la década de los años setenta, a modificar el sentido de importantes flujos de excedentes económicos dentro del mercado mundial, en favor de los países de la OPEP. Así como a disparar, en los años ochenta y noventa, una virulenta reacción política entre los países centrales no sólo tendente a regresar estos excedentes, sino a prevenir cualquier otra insubordinación mercantil de parte de las naciones periféricas. Como la reacción obliga a que los países centrales realicen un importante salto tecnológico en sus procesos de producción e interconexión industrial, al tiempo en que se reorganizan los flujos financieros globales (creando la actual deuda financiera internacional), la respuesta simultánea a la crisis económica mundial y a los países petroleros del sur, se confunde inevitablemente con el llamado proceso de globalización Dada la pujanza que actualmente tiene la universalización de capacidades y necesidades en el contexto de incesante y cada vez mas vertiginosa revolución técnica, se piensa que los procesos de globalización son irreversibles. Si bien, esto suele llevar a la idea falsa de que las naciones (incluso las petroleras) han dejado de tener sentido: 1. como espacios propiciatorios para la acumulación del capital y la reproducción social, y 2. como espacios desde los cuales sigue teniendo sentido levantar luchas sociales en favor de la soberanía Traspolado el tema a la problemática petrolera, pareciera que frente al pulpo de los capitales petroleros hoy sólo tiene sentido esgrimir contra estos, luchas indígenas, ecologistas, de consumidores, de pacifistas, tal vez de obreros, pero no luchas nacionalistas por la soberanía energética petrolera. Porque se trataría de luchas inútiles (pues sólo se defiende una técnica y una materialidad nocivas), luchas caducas u obsoletas y a contrapelo del sentido actual de la historia (porque la globalidad ni se detiene ni revierte). De ahí que se piense apresuradamente que es mejor olvidar y prescindir de estas anticuadas formas del siglo XX. Sin embargo, eh ahí las complejas y tercas luchas petroleras nacionalistas de los pueblos latinoamericanos (Venezuela, Bolivia, México, Cuba) y del Medio Oriente (Irak, Irán, Siria, Libia, etc.). Luchas nacionales que, mas allá de los vaivenes de la OPEP, mantienen con tesón el reclamo por el uso soberano de sus recursos energéticos. Tal vez, luchas de mal gusto, pues sus peleas contravienen la dogmática neoliberal (de derecha e “izquierda”) que afirma que nada de esto debería de subsistir. 2. Adicionalmente, la lucha por la soberanía nacional es muy compleja y paradójica, porque coyunturalmente puede reunir intereses cotidianamente polarizados, de clases dominantes y dominadas. Es el caso de las luchas actuales de las burguesías chinas, coreanas o brasileñas por consolidar sus propios mercados internos, condiciones generales de reproducción de la población un poco menos agresivas que las de la globalización y nuevos espacios de acumulación propia, que no necesariamente confluyen con los intereses de las potencias mundiales. Para lo cual, estas burguesías nacionales tienen la tentación de aliarse y controlar los movimientos políticos de sus propias clases subalternas, y así hacer contrapeso a dinámicas globales arrasadoras. Aunque sin dejar de ser estas mismas burguesías locales, asiduas personificadoras de los procesos de globalización. Tales las paradojas que hoy desgarran e impregnan a la mayor parte de las movilizaciones y conflictos sociales en Sudamérica, al momento en que cada país tiene que elegir si se desarrolla siguiendo la vía estadounidense del ALCA y los nuevos tratados económicos bilaterales o la vía “alterna” del MERCOSUR. En esta disyuntiva, si los capitales nacionales apuestan por la globalización como un proyecto de homologación cultural de todas sus capacidades y necesidades nacionales con las del capital mundial, la gran masa nacional de los capitales queda muy expuesta a desparecer. Porque las desventajas de los capitales nacionales frente a los externos son tantas que sólo mediante extraordinarios esfuerzos de centralización se logra apenas la supervivencia de unos cuantos, que si bien les va, terminan fusionándose con las empresas imperiales. Pero si los capitales locales apuestan por otra forma de integración, en la cual las diferencias culturales nacionales (encarnadas en todos los grupos sociales) son parte estratégica de los bienes materiales y sociales de la nación, entonces la masa de capitales nacionales tiene mejores posibilidades de sobrevivir, pues dispone de la movilización económica y política popular, enfocadas a usar, desarrollar y conservar las riquezas naturales y culturales de la nación. La integración mundial de la industrial es globalmente catastrófica en tanto anula la especificidad y diversidad agropecuaria, forestal, biológica y productiva de las naciones. Lo que manifiesta que una industrial global sólo podrá ser viable si se le construye como una industriosidad compleja y diversificada, a la manera de la biosfera misma. La industriosidad homogénea es la que resulta letal para la vida natural y humana. Sólo se podrá resolver el problema de la perversidad del actual autómata global capitalista cuando la humanidad entre a la construcción de un nuevo bioautómata global, muy alejado de las actuales manipulaciones biotecnológicas de las empresas transnacionales de la ingeniería genética, y se base, más bien, en el respeto de todas las formas de diversidad cultural creadas en conexión con la biosfera. Por ello, la actual lucha por la soberanía nacional asociada a un desarrollo industrial de corte petrolero, a pesar de sus difíciles “heroísmos” históricos, ya no será una lucha con futuro si no se autonomiza de la visión que le ha vendido el patrón técnico petrolero mundial y el nuevo pulpo homogeneizante de las tecnologías de punta. La lucha por la soberanía nacional de los recursos adquiere futuro cuando se convierte en una defensa del uso ambientalmente apropiado de la energía y una producción diversificada y equilibrada de todas las fuentes de energía posibles, locales y autónomas hasta donde resulte posible. Igualmente, el uso soberano del petróleo adquiere futuro cuando se convierte en una política de materiales autónoma en la que la nación aprende a regular o incluso a no extraer petróleo del subsuelo, mientras ello implique destrucción de población y naturaleza, lo mismo da que sea local o mundial. La lucha nacional por el petróleo se vuelve racional al momento en que coincide con lucha por la defensa de la autonomía cultural-territorial de los pueblos indios (y de toda la riqueza social natural que implica su diversidad cultural). Se vuelve racional en el momento en que la nación entiende que la soberanía pasa por la mejora de las condiciones laborales y de vida de todos los trabajadores y consumidores, y no sólo de un grupo que se aristocratiza y confronta económica, política y culturalmente con el resto de la nación. Y la mejora de las condiciones de vida de los petroleros se vuelve redonda cuando también se pelea por que el empleo de los excedentes de esta industria sirvan para la creación de otras formas no nocivas de generar energía, que también den empelo a estos mismos trabajadores. La lucha por la soberanía nacional también debe expresar la necesidad de gestionar el terruño de manera armónica con el devenir del mundo. En esto estriba otra radicalidad del nacionalismo bien entendido: pues este es auténtico cuando deja de ser chovinista y racista. Cuando mira hacia afuera y tiene en cuenta al mundo, como el único espejo en el que se puede encontrar el verdadero valor de la riqueza material y social interna. Pues sólo ahí descubre su irreductible e irrepetible identidad, su función y su trascendencia dentro del mundo. A diferencia del falso nacionalismo nazi, que rompe la dialéctica entre lo individual y lo colectivo, entre el yo y el otro y entre lo interno y lo externo; para mientras con una mano habla de defensa sagrada de lo interno frente el acoso exterior, con la otra mano habla de exterminar a todos los diferentes, de adentro y afuera. Si bien la lucha por una moratoria de todas las nuevas exploraciones petroleras les parece a algunos una demanda que debilita la soberanía de las naciones que cuentan con petróleo, en realidad lo que ocurre es que esa nación no sólo defiende los recursos biológicos y humanos de los que dispone, sino que, defendiendo los recursos de toda la biosfera, en realidad esta defendiendo el espejo que le da sentido a esta nación. ¿O de que le serviría a una nación su petróleo en un mundo ya devastado? Por ello, la lucha toca fondo cuando se percata que la moratoria contra nuevas extracciones es, mientras no se desarrollen otras técnicas que permitan extraer, transformar y consumir petróleo sin hacer daño a la naturaleza y a la sociedad, una buena manera de detener las peores devastaciones del medio ambiental global y los peores alicientes de las actuales guerras de rapiña por los recursos del mundo. Detener las guerras lleva a detener los absurdos sacrificios crecientes de naciones y pueblos, que cada vez más ponen en riesgo la supervivencia de todos. Si la lucha en Europa y Estados Unidos contra la guerra nuclear de fines de los años setenta estuvo marcada por la lucha contra la propuesta energética nuclear, la actual lucha contra las guerras globales de inicios del siglo XXI (en Afganistán, Irak, Irán, Pakistán, Colombia, Cuba, etc.) está análogamente asociada a las luchas contra el decadente patrón energético petrolero 3. La lucha por la soberanía es una lucha de fondo por condiciones de equilibrio entre la reproducción de la riqueza material y la reproducción de la sociedad. El trasfondo de la utopía de las naciones excluidas que pelean por una soberanía en el contexto de una globalidad alternativa, habla de la creación en el mundo de espacios en los cuales se pueda satisfacer la necesidad de coordinar armónicamente la reproducción y el desarrollo material de la riqueza, con una buena reproducción social y ambiental. El capitalismo del siglo XX no agotó la lucha de las naciones por su soberanía. Sino más bien, apenas la mal anunció con el desordenado y nocivo proceso de expansión industrial capitalista del siglo XX, cuando las naciones peleaban sobre todo por el desarrollo técnico de las mismas, sacrificando a sus poblaciones y a su medio ambiente. Lo que una lucha por la soberanía nacional pone en juego es la necesidad de gestionar lo local –en todas las escalas que esto tiene: como algo comunitario, municipal, estatal, nacional o regional– como un problema irremplazable, que el desarrollo global, por más complejo que sea, no sustituye nunca. Pues sólo los lugareños son los que conocen todas las necesidades, capacidades y posibilidades de sus entornos materiales, de sus usos y costumbres, así como de sus relaciones e identidades colectivas. Por ello, si bien el agotamiento ambiental de la atmósfera nos exige poner sensatamente un freno a la exploración y explotación petrolera en todo el mundo, la manera de aprovechar los recursos petroleros ya abiertos, depende de las necesidades concretas ya existentes de empleo, de energéticos, de fondos financieros para el desarrollo, etc. Así como las necesidades específicas locales de remediación a la contaminación y destrucción ambiental. La lucha por lo nacional no es una disyuntiva contraria al desarrollo de las dinámicas de universalización de las capacidades y necesidades que trae aparejada la globalización, sino que la lucha por la verdadera soberanía nacional es complemento necesario de una globalidad alternativa. La actual disyuntiva neoliberal que nos obliga a elegir entre lo nacional y lo global es un problema tan falso como aquellas otras disyuntivas antinómicas del capitalismo que nos obligan a tener que elegir entre lo particular y lo general, o entre lo individual y lo colectivo. Falsa disyuntiva que, sin embargo, hoy parece ser la regla de la política internacional. Cundo Estados Unidos justifica su negativa a acatar las restricciones en la quema de hidrocarburos establecida en la Cumbre de Kioto; o cuando se niega a acatar las restricciones de la ONU para proceder a invadir Irak, apelando en las dos ocasiones al sacrosanto derecho de disponer de fuentes de energía que garanticen su seguridad nacional, muestra al mundo cómo esta nación ha aprendido a escalar hasta el nivel del Estado nacional, la cultura de egoísmo enfermizo y metalizado que caracteriza a gran parte de sus ciudadanos privatizados. Estados Unidos, Inglaterra e Israel actualmente muestran la figura enfermiza de una identidad y una seguridad (individual y/o nacional), que sólo se afirma por encima y en contra de los demás. La derrota de los tejidos y éticas colectivas dentro de estas naciones es contraparte clave para que estas transiten del autismo y la paranoia individual a la colectiva. Lo que les permite tener la singular experiencia individual y colectiva de todas las atrocidades que cometen contra los demás, como actos de legítima defensa. Nada más alejado de lo que aquí estamos planteando como derecho de las naciones a la gestión soberana de sus recursos petroleros. La lucha obrera contra el capital petrolero Dadas las condiciones de depredación laboral y las malas condiciones físicas de partida en las que operan todos los trabajadores petroleros a inicios del siglo XX, en este sector y a lo largo de ese siglo se desata una continua lucha en diversas regiones del mundo (con paros, huelgas, movilizaciones, solidaridad con otros sectores laborales) por mejores condiciones de higiene laboral, por una jornada media, por salarios que compensen el intenso desgaste laboral, por servicios sociales (educación, hospitales, vivienda, etc.). Luchas de variado carácter económico que, con numerosos esfuerzos, se abren paso, primero en el sector petrolero de Rusia y Estados Unidos, para más lentamente imponerse en los primeros países petroleros del sur como México, los principales miembros de la OPEP (en el Medio Oriente y Venezuela)[4], o más tarde en otras ricas regiones del norte (Italia, Canadá, Inglaterra), etc. Si bien existen numerosos países petroleros del sur donde estas conquistas económicas mínimas no se logran alcanzar cabalmente, mientras el thermidor neoliberal reimpone una precarización en todas las regiones del norte y el sur, que propicia numerosas pérdidas en la mayor parte de derechos antaño conquistados. Mucho antes de la reacción neoliberal, durante el periodo de auge keynesiano las conquistas sindicales solían ser neutralizadas por las empresas estatales y privadas petroleras promoviendo entre los sindicatos una corrupción ejemplar, lo que servía para apagar las viejas luchas y como piedra de toque para implantar las nuevas formas de control neoliberal. Pues las prebendas económicas generales de control sindical y laboral, serán redistribuidas a granel, entre cada uno de los miembros de los sindicatos, mediante meticulosos mecanismos de devastación de la personalidad individual de los trabajadores (mediante la aplicación de favoritismos muy elevados, alta corrupción, delincuencia, desmoralización, drogadicción, prostitución, homosexualidad forzada, etc.), cuidadosamente inducidos desde su condición de altos consumidores en la nueva sociedad del espectáculo. Y aunque en casi todas partes estos mecanismos de control llevan a la formación de una “aristocracia obrera” –a la que ocasionalmente se le cuidan nacionalista y populistamente sus condiciones de vida y trabajo– en realidad, en algunas naciones del Medio Oriente, como Irán o Arabia Saudita, las empresas transnacionales y nacionales operantes, también vuelven ejemplar el uso depredador de la mano de obra inmigrante procedente de regiones mucho más pobres de Asia o África Central. Generando masas de depauperados que tiene que convivir jerárquicamente con las aristocracias obreras locales. O al flexibilizar el neoliberalismo las formas de contratación en el mundo, en países latinoamericanos o del Medio Oriente, se observan trabajadores petroleros inmigrantes altamente calificados (procedentes, por ejemplo, de Japón o Corea del Sur) y con salarios relativamente altos, que conviven con masas de nuevos trabajadores nacionales subcontratados, fuera del amparo de los viejos sindicatos nacionales, de los servicios brindados por los Estados nacionales y con salarios cada vez mas bajos. En países como México o Venezuela, donde los sindicatos petroleros nacionalistas, en su “mejor” momento llegan a obtener altas conquistas laborales, altos privilegios políticos y una tasa de corrupción ejemplar, dicha situación de bonanza resulta parcialmente pasajera. Pues si el neoliberalismo mantiene e incrementa la corrupción, por otra parte deshace las conquistas laborales, introduciendo junto con los programas abiertos o velados de privatización y desnacionalización de las infraestructuras, programas de despidos masivos, de subcontratación encaminada a la baja salarial, de recorte a los servicios sociales y de empeoramiento de las condiciones en los centros de trabajo. En países petroleros de importancia menor y/o más reciente, como Nigeria o Colombia, países en los cuales las ventajas del nacionalismo y el sindicalismo no se logran asentar con fuerza como en Arabia, Irán, Kuwait, México o Venezuela, cuando el mercado mundial reimpone la precarización global de las condiciones de trabajo, la violencia política contra los trabajadores y los sindicatos se vuelve excepcionalmente dura, asesinando líderes comunitarios y sindicales, en este tipo de países. A diferencia de la lucha ecologista, de los consumidores o de los pacifistas, la lucha obrera de los trabajadores petroleros en los países del tercer mundo, cuando verdaderamente existe, se compenetra mejor que cualquier otra lucha, con la defensa de la soberanía nacional. Identificando la pelea por las mejores condiciones laborales y de vida de los trabajadores con la lucha por mejores condiciones económicas en los demás sectores, así como con las mejores condiciones económicas nacionales para la acumulación de capital. Tanto la lucha en los años treinta del siglo XX de los trabajadores petroleros mexicanos por nacionalizar los bienes de la empresa El Águila (Shell), como la actual lucha de los trabajadores bolivianos por nacionalizar el gas (concesionados a Repsol), resultan ejemplares. La aristocratización de los trabajadores petroleros, la manera en que se han educado sindicalmente a negociar la destrucción de su propia salud a cambio de altos salarios y prebendas, aunada a la fusión de sus intereses con los Estados nacionales y su ideología de desarrollo industrializador, así como la más alta corrupción sindical, suelen hacer de los sectores obreros un grupo peculiarmente insensibles para con las peores formas de depredación y destrucción de las etnias, el medio ambiente, el consumo y la civilización global. Conjunto sistemático de yugos que tal vez expliquen porque en este sector tan estratégico para la acumulación mundial del capital, la lucha contra el sistema en cuanto tal, después de sorprendentes y excepcionales chispazos iniciales, casi nunca reincide, madura, ni se profundiza. Si no es que francamente involuciona. Como prueba, tal vez el ejemplo más amargo: la lucha política general contra el capitalismo y por el socialismo que propicia la revolución rusa, curiosamente nace en la verdadera cuna de la industria petrolera mundial: en Bakú. Laboratorio estratégico y centro proletario desde el cual se levantan las revoluciones de 1905 y 1917. No casualmente es ahí, dentro del sector obrero petrolero, donde se fraguan el carisma y las “habilidades políticas” de uno de los “más grandes” líderes sindicales, partidarios y nacionales de Rusia: José Stalin. Pero aunque la pelea de los trabajadores petroleros haya estado tan vapuleada y sometida por el capital a lo largo del siglo XX, hoy en día nuevas luchas del sector petrolero mundial tienen una posibilidad y oportunidad estratégica nueva, por la manera en que el neoliberalismo tiende aceleradamente a destruir mundialmente todas las prebendas que llevaron a la formación de la aristocracia obrera; por la manera en que la fase neoliberal de las desnacionalizaciones y privatizaciones se ha dejado de identificar ingenuamente con las pretensiones desarrollistas de los Estados nacionales; por la manera en que ambos hechos ya no permiten masificar la corrupción sindical, dejándola cada vez en menos manos de mafias que pasan a ser las peores extorsionadoras de los mismos trabajadores des o semi sindicalizados; por la manera en que las destrucciones de la salud y el medio ambiente ocasionadas por la industria petrolera ponen en peligro la vida y el medio ambiente global, incluidas las familias de todos los trabajadores petroleros; pero sobre todo, por la manera en que los intereses de la decadente figura hegemónica de las empresas petroleras estadounidenses, al momento de asaltar todas las infraestructuras de Irak, Arabia, Irán, el Mar Caspio, Venezuela, Bolivia, El Golfo de México, etc., en realidad ponen una guerra mundial a la orden del día. Para luchadores indígenas y ecologistas actualmente distantes o incluso coyunturalmente contrapuestos a la lucha sindical de los obreros petroleros, suele ser un lugar común desconfiar severamente de todo lo que proceda de este sector. Pero además de recordar cómo estas luchas sindicales efectivamente se estancan y retroceden a lo largo del siglo XX (haciendo leña con las tesis que hace unas décadas sostenían la trascendencia de las luchas proletarias), es necesario observar lo que otras luchas obreras, de nuevo cuño, fuerza y calidad, podrían ser bajo las nuevas condiciones de movilización general contra del capital, procedente de diversidad de sectores, no sólo asalariados. Si la lucha obrera transita de la necesaria defensa que el neoliberalismo impone de las condiciones salariales y contractuales, a la crítica del carácter social y ambientalmente destructivo de esta industria energética, ello podría ser un factor decisivo dentro de la propia industria para llevar adelante procesos de reconstrucción científica y experimental de un nuevo patrón técnico y una nueva soberanía energética nacional no nociva. Para lo cual le resultarán vitales las alianzas estratégicas con los sectores indígenas, ecologistas y de consumidores. Mientras que si la lucha de los obreros de este sector vuelve a transitar de las luchas por la mejora de la calidad de la producción y de la vida, a las luchas contra el carácter globalmente destructivo del sistema, ello pondría en sintonía a este sector laboral no sólo con luchas de pacifistas, sino con todas las luchas que hayan llegado al cuestionamiento general de sistema. Lo que significaría que este tipo de lucha habría tocado el fondo de su propio ser. Pues con ello habrá madurado su necesidad interna de subvertir la figura del trabajo asalariado y de todas las relaciones sociales generales que le acompañan. ** ** ** ** Entender la manera en que luchas tan grandes y profundas como las de los obreros petroleros suelen ser controladas, tiene la utilidad adicional de recordarnos la manera con que el capital suele sojuzgar a todas las formas de lucha. La supervivencia de la corrupción sindical y el estancamiento del movimiento obrero en diversos países, es una memoria viva ejemplar de cómo, hasta ahora, el capital también sacrifica a nuestras luchas. No desentenderse de la historia de quienes han sucumbido luchando frente al capital, permite disponer de un buen espejo para que las nuevas rebeldías indígenas, ecologistas, de consumidores, de marginados y de los propios obreros, se miren a sí mismas con humildad, sin soberbia ni arrogancia. Porque ello ayuda a no olvidar la compleja debilidad que hasta ahora ha acompañado a la mayor parte de nuestras luchas cuando las realizamos de manera aislada, contra un capital que, a pesar de su privacidad, ceguera y automatismo, siempre encuentra la manera de cohesionarse a sí mismo y atacarnos globalmente. Debilidad que crece de más, mientras los que resisten no son capaces de abrir frentes bien articulados de lucha total y mundial, que crezcan con el ritmo y complejidad creciente que tienen las variadas formas de sometimiento de que se vale el sistema. Miradas con distancia la complejidad de cada lucha, resulta difícil no mirar la profunda conexión que cada una de estas guarda entre sí. Lo que, sin embargo, en el fragor de la resistencia cotidiana no basta para que quienes pelean en cada frente vean claramente y asuman la imbricación real de todas las luchas. Lo que, por desgracia, nos mantiene en formas de resistencia segmentadas, que sólo logra acciones de respuesta mas o menos particulares, de cada uno de los grupos y sectores afectados. Sin embargo, pelear hoy contra el petróleo es pelear por la paz en todas las naciones amenazadas por la voracidad bélica de la hegemonía petrolera; es pelear por la calidad del trabajo en todos los ámbitos laborales de los obreros petroleros precarizados y es pelear por la calidad del consumo en todos los ámbitos invadidos por un nocivo consumismo petrolizado. Pelear contra las empresas del petróleo y el gas es defender el medio ambiente y abogar por la construcción de una política de materiales que deje atrás el maquillaje superficial y la simple remediación de lo que ya ha sido destruido y de lo que en realidad es altamente nocivo. En ningún lugar se puede apreciar mejor la integralidad de estas luchas si se tiene en cuenta la pelea de las comunidades campesinas, de pescadores e indígenas, por su derecho a vivir en sus tierras, sin agresiones físicas, culturales, ambientales, laborales y de salud. Es decir, por el derecho a la autonomía cultural y territorial de todos los pueblos. Esto es lo que, de conjunto, significa para todos nosotros pelear por la vida misma.[1] “El petróleo ha sido objeto de comercio cuando menos desde 3000 a C. Inscripciones en alfabeto cuneiforme, que se refieren a la exploración y venta del petróleo en diversas regiones del Medio Oriente y del Asia central, describen contratos de compraventa de petróleo, quejas sobra la escasez del abastecimiento y muchos asuntos conexos. El único tema que no se examina en estas inscripciones es el de la reglamentación de las importaciones; pues incluso se registran en ellas los precios aprobados por la Comisión Gubernamental de Comercio del rey Hammurabi, alrededor de 1875 a. C. Sin embargo, no existían métodos para la recuperación de grandes cantidades de petróleo, y el abastecimiento se veía limitado por la necesidad de recolectar el aceite en filtraciones en la superficie y en pozos poco profundos excavados a mano.””Confuncio alrededor de 600 a.C. señaló que el primer descubrimiento de gas natural en China se produjo en pozos perforados con bambú. La primera perforación sistemática de depósitos de gas comercial se remonta cunado menos a 211 a.C., cuando se descubrió el yacimiento de Chi-lui-ching, en la provincia china de Sechuan. El gas se utilizaba como combustible para evaporar la sal, y el condensado asociado se empleaba para la elaboración de bombas de fuego para operaciones de guerra” (Meyerhoff, Arthur, “Efectos económicos e implicaciones geopolíticas de los yacimientos gigantescos de petróleo” en El petróleo en México y el Mundo, México, CONACyT, 1980. p. 54) [2] Mientras la abundancia de yacimientos le garantiza a Estados Unidos su acceso a la hegemonía; la carencia del recurso explica tanto los precoces esfuerzos por asegurase fuentes ajenas, como el declive hegemónico de Inglaterra; los inútiles esfuerzos bélicos de la Alemania nazi; o la tardíos hallazgos y lucha de los italianos por el manejo soberano de sus fuentes propias de gas y de las fuentes próximas en África del norte. [3] Aunque naturalmente existen otros alicientes materiales (caso del cobre en Chile, del estaño en Bolivia, de los diamantes en Sud África, etc.). Y alicientes culturales también muy poderosos (caso ejemplar de la fuerte cultura comunitaria de la población de Vietnam, Cuba, Argelia, etc.), para la construcción de las naciones del sur en el siglo XX. [4] Países que logran, con mayor o menos dilación, nacionalizar su industria petrolera y, a partir de ahí, verter una parte mínima de las riquezas generadas como fondos que permitan mejorar la reproducción social de los trabajadores petroleros.
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