Uso y sentido de la innovación científica y técnica en el capitalismo

Imagen: 

Comenzar por la pregunta por el uso que el capital hace de la innovación científica y tecnológica nos saca del marco habitual con que el sentido común (que incluye a gran parte de los académicos, investigadores, periodistas, políticos, etc.) trata el significado de estos hechos. Pues apreciarlos no como realidades autónomas y separadas del capital sino como mediaciones usadas por él, nos reubica en el campo de la historia dentro de la cual ocurren procesos económicos profundos, que por tanto ya no pueden ser tratados como algo coyuntural sino como una realidad auténtica que necesariamente se dirime en la larga duración.

El enfoque histórico nos permite de entrada apreciar la explosión incesante de innovaciones científicas y técnicas que ocurren cotidianamente desde hace doscientos años. Lo que, por lo pronto, permite preguntar hacia dónde se dirige esta euforia instrumental de la civilización material capitalista.

Aproximación que nos ayuda a tomar mínimamente una distancia indispensable frente a una serie de problemas, que no sólo cada día se vuelven más agobiantes sino también cada vez más profundamente confusos.
Me refiero a nuestras válidas preocupaciones democráticas por la manera en que las presentes innovaciones cada vez crean más tipos de herramientas destinadas al espionaje, el control militar, o la manipulación exhaustiva de los consumidores. También es el caso de la otra preocupación esencial por la manera en que las innovaciones procedentes de la electroinformática, el software, la nanotecnología, la ingeniería genética, etc., destruyen cada vez más a fondo nuestro derecho a todo tipo de bienes comunes. Lo que nos coloca frente a un nuevo tipo de poder tecnológico avasallador al que le resulta cada vez más fácil reducir nuestras escasas libertades.

Problemas inmediatos, urgentes y ciertamente dramáticos pero que sin embargo tienen el efecto general de no dejarnos tiempo alguno para pensar con profundidad y tino el problema de la ciencia y la tecnología desde una perspectiva histórica más amplia, que nos permita examinar desde hace cuánto tiempo es que ello viene ocurriendo, ¿por qué en el capitalismo la ciencia y la tecnología no sólo desplazan a la religión sino que se convierten en la principal forma de control general?

Tampoco nos queda tiempo para revisar los diversos caminos que la ciencia y la tecnología han estado siguiendo durante los últimos dos siglos, cuál es el rasgo específico distintivo de la situación actual o hasta donde va a llegar esta sujeción, etcétera.

Pienso que una relativa toma de distancia histórica podría ayudarnos a adquirir una captación integral de este conjunto ominoso de hechos a los que nos enfrentamos todos los días. Para lo cual se requiere no solo de una perspectiva histórica de la tecnología sino más bien de una historia crítica de la tecnología.

La mayor parte de los historiadores convencionales de la ciencia y la tecnología sólo suelen aproximarse a su objeto de forma empirista, amontonando cronológica y temáticamente una serie de datos, pero el hecho crucial es que sólo desde esta perspectiva histórica se podría apreciar críticamente el verdadero sentido histórico que tiene la emergencia de un original modo de producir y vivir que basa todas sus acciones en el desarrollo incesante de fuerzas productivas técnicas.

Pues sólo dentro de la historia y su larga duración se puede distinguir críticamente entre el sentido autentico con que la ciencia y la tecnología podrían responder a problemas y sufrimientos milenarios de la humanidad y la forma mística e irracional con que la sociedad capitalista nos manipula todos los días prometiendo y haciéndonos creer o tener fe en que cada nuevo descubrimiento científico y cada nueva herramienta técnica nos acerca cada día más a la vida eterna o al mundo de dios en la tierra.

Cuando en realidad con el avance del capitalismo del siglo XIX al XXI la tecnología cada vez menos ha dejado de ser sólo un conjunto de herramientas con las cuales el capital controla y explota el proceso de trabajo o los procesos de consumo de toda la población. Pues estos dos objetivos fundamentales han obligado a que las dinámicas de innovación científica y tecnológica se compliquen extraordinariamente y devengan en un serie de procesos y en una serie de redes abiertas de herramientas y conocimientos que fungen como los principales dispositivos de control de la reproducción del capital y la sociedad, de cada una de sus destructivas crisis cíclicas, así como del desarrollo histórico mismo de la sociedad capitalista. Todo lo cual ha terminado por despertar voluntaria e involuntariamente al monstruo de las fuerzas destructivas que la tecnología capitalista llevaba dentro de sí.

Veamos las cosas con mas detenimiento.

 

1. Explotación capitalista de la producción y desarrollo científico técnico

De entrada, es importante recordar algo elemental, pero que sin embargo se lo ha querido obviar durante los últimos treinta años de neoliberalismo, para así confundir problemas fundamentales.
La tecnología, además de ser un conjunto de herramientas destinadas a producir objetos o valores de uso, así como a elevar la productividad (es decir, ahorrar el desgaste de los trabajadores durante la creación de los productos), sobre todo es la principal mediación que el capitalismo tiene para producir plusvalor. Vale decir, para extraer un excedente al trabajo de los asalariados y el proceso de creación de valor que conlleva, pues dicho monto nunca regresa a sus manos cuando se les paga su salario. Con el desarrollo de las fuerzas productivas técnicas se abarata constantemente la producción de todos los medios de subsistencia. Lo que tiene como consecuencia general una disminución de la parte de la jornada laboral en la que todos los trabajadores generarán el valor de su propia fuerza de trabajo, y que el capitalista les pagará como salario.

De manera que con el desarrollo científico y técnico el capital logra la mejor manera de disminuir permanentemente el salario, pues este método (del llamado plusvalor relativo) no conlleva necesariamente un aumento de la jornada de trabajo ni un recorte de la canasta de consumo, sino que incluso la puede incrementar mientras reduce la duración de la jornada, y con todo ello puede sin embargo elevar el proceso mismo de la explotación del plusvalor.

Por ello, el desarrollo incesante de la ciencia y la tecnología se convierten en la principal base de la ambición ilimitada de ganancias de los empresarios industriales. Y es por ello que desde hace doscientos esta revolución permanente en los conocimientos e instrumentos se ha amoldado cada vez más al proceso de explotación capitalista de los trabajadores, a la depredación de los recursos naturales, así como a la manipulación de los consumidores, al tiempo que se ha ido alejando cada vez más de la atención de las verdaderas necesidades inmediatas y mediatas de la población, así como de la reproducción de la condiciones ambientales de la vida.

El hecho de que esta función económica se haya mantenido en pie y profundizado durante tanto tiempo ha permitido acumular y expandir por el mundo sucesivas y heterogéneas capas de infraestructuras y herramientas mecánicas, químicas y biológicas, que no sólo han transformado irreversiblemente la faz de la tierra, sino que además la están sobrepoblando y destruyendo de forma extraordinariamente peligrosa.

En virtud al hecho simple y llano de que el desarrollo científico técnico es la base más duradera y menos conflictiva para explotar a los trabajadores que el capitalismo ha podido encontrar en sus cinco siglos de existencia, este desarrollo se ha convertido en la principal meta de unos pocos industriales de avanzada.

 

Pues toda innovación técnica dentro del proceso de producción es premiado como un proceso excepcional de creación de riqueza, por cuanto los capitalistas de vanguardia no sólo producen bienes que satisfacen necesidades ordinarias (alimentos, vestidos, maquinas, sustancias químicas, etc.), sino que además aportan ese bien excepcional que satisface la estratégica necesidad capitalista de innovar para así poder explotar cada vez más plusvalor. De ahí que los capitalistas de avanzada además de generar excedentes como sus demás hermanos de clase, sean premiados adicionalmente como productores de un excedente fuera de lo normal o un plusvalor extraordinario.

Este hecho es el que ha convertido en los últimos doscientos años a la realidad capitalista en un mundo de carreras incesantes por desarrollar todo tipo de innovaciones científico técnicas, que se suceden cada vez más rápidamente. Lo que significa que esta vertiginosa carrera científico técnica no comenzó recientemente durante el neoliberalismo, con la revolución informacional, la electroinformática, la ingeniería genética, etcétera.

Desde hace doscientos años los capitales de avanzada llevan a cabo de manera individual la hazaña que le permite a toda la clase capitalista avanzar en su conjunto, como si fuera un verdadero equipo, aunque obviamente no lo son, pues no hay seres más egoístas que los capitalistas. Gracias a este mecanismo los egoístas innovadores incrementan de forma colectiva y permanente la masa de plusvalor relativo, al mismo tiempo que contribuyen al desarrollo permanentemente de la división del trabajo. Lo que abre la puerta a la incesante proletarización de cada vez más población y de cada vez más nuevos campos en los cuales seguir aplicando nuevas innovaciones científicas y técnicas.

 

2. Automatización y expansión mundial de los autómatas

Recordadas estas premisas importantes, examinemos qué más significa la innovación científica y técnica para el capitalismo, realizando un recuento somero de otros hechos más complejos y mediatos que también están asociados a esta dinámica de incansable innovación.
Partimos de la premisa de que la innovación científico-técnica no ha sido empujada hacia adelante fundamentalmente por la luz de la razón, ni detonada con el switch que encendieron los enciclopedistas e iluministas en el siglo XVIII, sus procesos de educación y sus universidades, sino más bien por la prosaica innovación de ciencia y tecnología que todos los días impulsan sedientos empresarios privados sólo en búsqueda de mezquinas ganancias extraordinarias.

Ello implica que el desarrollo de la ciencia y la tecnología se la organiza de forma permanente para controlar a los trabajadores dentro del piso de fábrica, función que con el paso del tiempo se convierte en algo cada vez más fundamental. Un ejemplo bien conocido es la denuncia que diversas escuelas críticas hicieron durante los años ochenta del siglo pasado explicando cómo el fin de las tecnologías tayloristas y fordistas, introduciendo las bandas de montaje o posteriormente los robots y los sistemas de control numérico lograron romper todas las formas de organización y resistencia que los trabajadores habían previamente construido en torno de las condiciones específicas de trabajo.
De manera que gracias a la innovación tecnológica que la revolución electroinformática introdujo en la producción (tanto adentro del taller como afuera, mediante la división internacional del trabajo que crea las llamadas fábricas mundiales), el capital logro desorganizar puntualmente a todos los trabajadores del mundo, como nunca antes en la historia del capitalismo, lo que le permitió no sólo destruir sus sindicatos, sus partidos políticos, sus organizaciones barriales, su identidad cultural, etc., sino también elevar las jornadas de trabajo, masificar el trabajo femenino e infantil y pagar en todo el mundo salarios cada vez más por debajo del verdadero valor de la fuerza de trabajo. Golpe histórico que debe ser valorado no sólo como una victoria política o económica del capital, sino sobre todo como una verdadera victoria tecnológica.

Pero ello sólo es un paso científico-técnico que el capital constantemente viene asestando a los trabajadores desde inicios del siglo XIX, pues hay otros más.

La innovación tecnológica también invade desde el siglo XIX, rama tras rama, a la división técnica del trabajo, de manera que la innovación tecnológica conquista todas las ramas que se dedican a producir medios de producción (máquinas, instrumentos químicos, tecnologías) o las que se dedican a producir medios de subsistencia (alimentos, vestidos, habitación, libros). El avance no sólo ocurre de manera caótica. Pues quienes más innovan tecnología son quienes mejor logran organizar jerárquicamente toda la división del trabajo, es decir, la organización mundial de la división internacional del trabajo. O sea, la hegemonía o relaciones imperiales dentro del mercado mundial.
Relaciones de dominio que sobre todo dependen de los monopolios empresariales transnacionales que tienden a controlar los procesos de innovación tecnológica, y no tanto los mecanismos de la especulación financiera o el comercio. Pues estas modalidades de la actividad capitalista en el mediano y largo plazo, en realidad están sujetas a las dinámicas de la producción industrial, pues sólo de ellas es que se deriva la producción de plusvalor y la acumulación de capital.

De manera que los diversos grupos del capital industrial son los que dominan las áreas nodales de todas las ramas de la división del trabajo, conformando diversas áreas de producción estratégica en las que se juega el control de la producción y reproducción mundial. Proceso de avance técnico que no sólo se expande por todas las áreas de la división del trabajo previamente existente a la vez que creando áreas completamente nuevas, pues el desarrollo científico y técnico también empuja la creación de complejas herramientas e infraestructuras de enlace, medios de comunicación y transporte de mercancías y personas, de energía, agua, minerales, todo tipo de vehículos, mensajes, etc., medios de conexión y metabolismo material o fuerzas productivas generales, por cuanto no sólo enlazan entre sí a todo el genero de las fábricas, sino también a la reproducción misma del género humano.

El primer gran logro importante de la revolución técnica en este campo de lo general fue la construcción de ferrocarriles, barcos de vapor y redes telegráficas. De ahí que el siglo XX esté centrado en profundizar, potenciar y escalar éstas técnicas de conexión, De manera ésa cúspide a la que llega el siglo XIX marca la pauta fundamental de todo el siglo XX. Pues la primera mitad del nuevo siglo no hace más que centrarse es una revolución vehicular integral, creando redes de transporte automatizado terrestre, marítimo, aéreo y espacial, en un proceso de convergencia creciente, que desemboca en la construcción de las actuales redes del transporte multimodal que actualmente entretejen todo el suelo, las aguas y el espacio de la presente globalización. Tupidas y cerradas telarañas de redes vehiculares que nunca podrían haberse desarrollado de forma tan vertiginosa y agresiva si no hubiera sido por el eufórico descubrimiento y sobreexplotación de los hidrocarburos, principalmente del petróleo y el gas.

A la sombra de este tejido de redes, en curso de convergencias crecientes, es que nace y crece, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX, la otra revolución en las redes de comunicaciones: desde el telégrafo, hacia el teléfono, el radio, la televisión, los satélites, los ordenadores, el Internet y la convergencia multimedia que constantemente reinventa todas las redes de comunicaciones previamente existentes.

Gracias a estas dos revoluciones científico técnicas del siglo XX (la vehicular e informacional) el control de las fábricas se vuelve una red de fábricas mundiales, las ciudades una red de ciudades globales y todo el desarrollo de la industria y de la automatización del proceso de trabajo deviene a finales del siglo XX en la construcción de un autómata de escala global. Algo que solamente es posible por la manera en que éstas redes vehiculares e informacionales invadieron y replantearon el sistema de maquinas al interior del piso de fábrica (vehiculizando a todas las herramientas y electroinformatizando a los anteriores autómatas ya vehiculizados) y por la forma en que simultáneamente se cerraba el entretejido de todas las fuerzas productivas generales.

Desde la segunda mitad del siglo XIX en que el capital había logrado ya en Inglaterra enlazar todas las nuevas fabricas en una compleja red de fábricas, había adicionalmente logrado con ello que todas las nuevas maquinas herramientas, los motores, los mecanismos de transmisión y los instrumentos químicos y agrícolas pasaran a ser fruto de la gran industria. De manera que la mundialización de las redes vehiculares e informacionales de fines del siglo XX no pudo más que profundizar la capacidad autopoyetica del capital mundial: de manera que las británicas máquinas decimonónicas que incansables se dedicaban a producir nuevas máquinas cada vez más poderosas, terminaron convertidas en el siglo XX en autómatas globales mecanicobioquímicos que se dedican a autorenovarse de forma cada vez más compleja y poderosa.

Y aunque el desarrollo de la ciencia y la técnica llegó al mundo prometiendo una nueva era de libertad, vitalidad y confort, esta revolución tecnológica lo que terminó abriendo al final del siglo XX fue el retorno masivo a los métodos del plusvalor absoluto, ese que se obtiene prolongando o intensificando la jornada de trabajo, no necesariamente innovando la tecnología. De manera que la extraordinaria innovación científico técnica que el capital acumuló durante el siglo XX, durante el neoliberalismo se la utilizó para promover las formas más primitivas de explotación, prolongando nuevamente las jornadas de trabajo de todos los obreros del mundo, masificando el trabajo infantil y degradando las condiciones de vida de toda la población.

Todo lo cual llovió sobre mojado. Pues esta precarización de la vida que se disparó a fines del siglo XX coincidió con la saturación productiva de todos los territorios del mundo y por ello con la extrema destrucción de las condiciones naturales de la producción: la fertilidad del suelo, la disponibilidad de agua dulce, la deforestación de los bosques y selvas del mundo, la pérdida de biodiversidad, el calentamiento atmosférico, la contaminación química extrema de la naturaleza y los cuerpos de todos los seres humanos. Lo cual sólo vino a reforzar el otro deterioro neoliberal que ya ocurría en la calidad de nuestra vida.

Pero la ciencia y la tecnología adicionalmente han dejado de ser una herramienta que está ahí sólo para controlar el proceso de producción, pues desde fines del siglo XIX y sobre todo durante el siglo XX, la tecnología se convirtió también en la punta de lanza del control del proceso del consumo productivo y reproductivo. Lo que le obligó al capital no sólo a tener que dotar de aparatos mecánicos el tedioso trabajo doméstico, sino sobre todo a tener que manipular por medio de instrumentos mecánicos, químico-farmacéuticos y biológicos, y también por medio de instrumentos psicológicos, culturales, sexuales, etc., todas las relaciones comunitarias de las cuales dependen los proceso de producción y reproducción procreativa de la población.

No casualmente la tecnología se vuelve la piedra clave que nos explica el boom de la población del siglo XX. Pues producir población ya no sólo depende de las relaciones sexuales y las relaciones doméstico familiares que tradicionalmente intervienen en la procreación de personas, ahora, conforme el capitalismo reforma la comunidad doméstica, la moral sexual, conforme manipula la psique, la cultura y la identidad de las personas, el desarrollo de la ciencia y la tecnología ataca en el otro flanco, como desarrollo de la química, la biología, la alimentación, la medicina, los electrodomésticos, etc., que le permite al capitalismo como nunca antes la producción de una masa descomunal de personas que tienden a ser hacinadas en las nuevas megaurbes del siglo XX.
Basta con mirar las gráficas de la producción de población del planeta para entenderlo. Nunca el crecimiento de la población había podido representarse mediante una curva tan pronunciada, una verdadera asíntota, como la que describe el crecimiento demográfico del siglo XX. Lo cual sería impensable sin la participación del desarrollo científico y técnico ya no sólo en la producción técnica sino también en la producción procreativa.

Esto es fuerza para el capital, de manera que la ciencia y la técnica también forman parte del principal back up político con el que el poder cuenta para controlar a la población: la incesante revolución en la producción de alimentos, de medicamentos, de educación, de todas las tecnologías que tienen que ver con la producción procreativa es tal vez el principal argumento, la principal bandera con la cual el capitalismo se logra imponer durante el siglo XX, a pesar de que inició penosamente su entrada en esta época con dos guerras mundiales que aniquilaron a sesenta millones de personas y con una revolución comunista internacional, que sacudió profundamente todos los puntos importantes de la vieja Europa.

Frente a estos cuestionamientos el desarrollo tecnológico propuso la creación de medios de subsistencia como el automóvil, o revolución vehicular al interior de a cada familia de trabajadores metropolitanos, los televisiones y las computadoras que también invaden y reordenan la vida domestica, así como una miriada de nuevos objetos de consumo que forman la economía del bienestar con la que el capitalismo no sólo se consolida en los países centrales, sino a través de los cuales se organiza la explotación ilimitada de recursos del mundo colonial y se derrota geopolíticamente al autoritario, rígido y autonombrado bloque socialista.

De manera que el sometimiento del consumo volvió a modificar la lógica de expansión de las tecnologías automáticas. Durante el siglo XIX el desarrollo de los autómatas ocurrió a la manera de un diálogo entre los diferentes tipos de máquinas: máquinas herramientas, motrices, mecanismos de transmisión, todo al interior de las fábricas, que estaban centradas en un tipo de industria mecánico física. Si bien ya comenzaba con mucha fuerza otro diálogo instrumental con el desarrollo de las herramientas químicas que nacían en otros sectores de la gran industria, así como un diálogo más incipiente con las ciencias y tecnologías mecánicas, químicas y biológicas que comenzaban a definirse dentro de la agricultura.

La coincidencia de la revolución vehicular e informacional y la actual globalización con el actual sometimiento integral de los procesos de consumo a abierto un dialogo extraordinariamente intenso entre todas las ciencias e instrumentos mecánicos y químicos del capital. Si bien, el sometimiento de las fuerzas productivas procreativas (sexuales, medicinales, psicológicas y culturales) ha permitido que dicho diálogo instrumental se logre posicionar en el corazón de los instrumentos biológicos y antropológicos o culturales. Llevando mucho más adelante los incipientes desarrollos de la biología y la química que la agricultura y la ganadería de fines del siglo XIX habían exigido. Pues ahora se borran todo tipo de fronteras que anteriormente existían entre las ciencias biológicas, médicas, neuronales, la lingüística, la antropología, la geografía, etc.

No sólo por la forma en que actualmente se ha disparado la biotecnología, los biotools, la ingeniería genética, la biología sintética, etc. Sino sobre todo por la forma en que estas ciencias y técnicas se desarrollan dentro de un contexto global dentro del cual progresivamente maduran en la segunda mitad del siglo XX las técnicas médicas de transplante de órganos, la mimesis artificial no sólo de estos, sino de organismos biológicos completos (caso de la imitación robótica de isectos para usos militares), de la ingeniería o arquitectura vegetal y animal o incluso de las moléculas orgánicas que los seres vivos construyen (los polímeros de las telas de araña, de la piel, las encimas, etc.). Lo cual redunda en el diseño de nuevos tipos de herramientas mecánicas y químicas, pero también en la mímesis de la inteligencia animal y humana mediante sistemas de software de inteligencia artificial, todo lo cual alimenta de forma cada vez más compleja a la robótica autónoma y la robótica evolutiva, la computación evolutiva, la evolución artificial, la bioinformática, la simulación de vida artificial, las redes de neuronas artificiales, los autómatas traductores de lenguajes y comunicación, la ingeniería del conocimiento, etcétera.

Este desarrollo tiene consecuencias extraordinariamente complejas en el actual desarrollo capitalista. Pues al tiempo en que avanza la automatización de los procesos de producción por los más variados países del mundo, en los diversos niveles físicos, químicos y/o biológicos del proceso de producción, también se automatiza cada vez más la distribución y el consumo productivo y reproductivo. Es decir, el ciclo completo del proceso de reproducción.

3. Caída de la tasa de ganancia, contrarrestos, sobreacumulación y crisis

Esta automatización masiva y creciente, resultante de la permanente revolución científica y técnica, provoca que la masa creciente de innovaciones y la velocidad cada vez más acelerada en la aparición de nuevos autómatas reduzcan una parte importante del empleo, es decir, el uso de trabajadores como productores inmediatos de riqueza, mientras por otro lado aumenta cada vez más la masa y el costo de los medios de producción. Lo que se refleja en una permanente caída tendencial de la tasa de ganancia (que se forma por la razón entre el excedente y el capital desembolsado en compra de medios de producción y fuerza de trabajo).
Como esta contradicción permanente pone de manifiesto el límite absoluto del sistema, el capitalismo tiene la necesidad de aplicar con regularidad varias medidas contrarestantes a dicha caída tendencial. Como son la elevación de la tasa de explotación, el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, el abaratamiento de los medios de producción, el crecimiento de la sobrepoblación, la expansión del mercado mundial y el crecimiento del capital accionario.

La elevación de la tasa de explotación, principal contraresto de los seis anteriores, se logra mediante la aplicación de los métodos del plusvalor absoluto y relativo. Si bien sobresale por su eficacia el segundo método (que incluye la mecánica arriba descrita del plusvalor extraordinario). Y aunque resulta contradictorio que se busque neutralizar los efectos del desarrollo científico y técnico mediante más aplicación de los mismos, hay que observar que el avance de la fuerzas productivas también implica la ampliación de la división del trabajo, lo que abre nuevas áreas productivas en las cuales podría apenas iniciar la aplicación de la ciencia y la técnica, lo que significa una baja o nula composición orgánica de capital (es decir, espacios en donde la correlación entre medios de producción y fuerza de trabajo no favorece al primer término). Lo cual, también puede abrir las puertas temporalmente a la aplicación del sobretrabajo, al abaratamiento del capital constante, a la producción de sobrepoblación, al crecimiento del mercado mundial o al crecimiento del crédito.

Mediante este rodeo, no sólo la acumulación de capital se sostiene, sino que el desarrollo de las fuerzas productivas, la ciencia y la tecnología se afianzan y exacerban. De manera que la función neutralizante de los seis contrarestos anteriores también agota paulatina y regionalmente su eficacia, mientras la baja de la tasa de ganancia se sostiene como fuente permanente de problemas.

Por ello, la síntesis de las seis causas contrarestantes es regularmente el aumento general de la masa de ganancias, que al reinvertirse aumenta la masa o medida general del capital. De manera que la caída tendencial de la tasa de ganancia puede regularmente terminar convertida en un aumento constante de la masa del capital. Lo que progresivamente torna más lenta la formación general de nuevos capitales autónomos, y hace de esta caída la principal amenaza en contra del desarrollo del proceso capitalista de producción, pues los contrarestos no sólo no resuelven el problema sino que adicionalmente promueven la sobreproducción, la especulación, la crisis, el capital superfluo, es decir una sobreacumulación que se entrevera fatalmente con una sobrepoblación igualmente creciente. Siguiendo esta senda se acumula entonces una masa excedente de dinero que encuentra cada vez más dificultades para reinvertirse y volver a producir plusvalor.

La sobreacumulación de capital entreverada con la sobrepoblación propicia el desencuentro absoluto entre la producción y el consumo, entre la producción y la circulación, la desproporción entre la ramas productoras de medios de producción y de subsistencia, así como la incidencia de crisis.

De la misma manera que la caída de la tasa de ganancia, la sobreacumulación empuja una y otra vez hacia la búsqueda de nuevos mercados externos. Exportación de capitales excedentes (que a su vez fomentan el surgimiento de condiciones favorables para el estímulo de otras causas contrarestantes) que termina consolidando el mercado mundial capitalista. Mercado que si bien durante un largo tiempo le sirve constantemente al capital para escapar de sus propias contradicciones en las zonas más industrializadas, a su vez crea las nuevas contradicciones cuya potencia catastrófica es cada vez más peligrosa.

El estallido de las crisis generales y recurrentes ocurre cuando el capital choca de manera absoluta consigo mismo como una sobreacumulación que ya no logra ser neutralizable por ninguna vía. Si el capitalismo no se autodestruye entonces parcial y momentáneamente, no tiene posibilidades de rejuvenecer y de volver a entrar en dinámicas fuertes de acumulación. Bajo esas circunstancias las crisis se vuelven imprescindibles, como un gran mecanismo de emergencia mediante el cual se procede a destruir las partes sobrantes de capital y, a partir de ahí, a equilibrar los desajustes previamente acumulados entre el capital y la población, entre la producción y el consumo, entre las ramas de la división del trabajo, etcétera.

Dado que el desajuste en la tasa de ganancia, las causas contrarestantes, la sobrpoblación y la sobreacumulación proceden de la dificultad que el capitalismo tiene para poder gestionar y coexistir en paz con el desarrollo permanente de la ciencia y la tecnología, el reajuste de estas crisis generales no logra crear verdaderas condiciones de equilibrio si el capital no renueva de forma radical su patrón técnico de producción y reproducción. De manera que el desarrollo de la ciencia y la tecnología tiene que ver todo el tiempo con la caída estructural de la tasa de ganancia, con la principal parte de las causas contrarestantes de esta caída, con el aumento de las masas de ganancia y la continua sobreacumulación, con la incesante expansión de los mercados, con el estallido y el desarrollo de la crisis generales y con la búsqueda de las soluciones mas profundas aunque pasajeras de las mismas.

La crisis, por su parte, es la forma general de expresión de todas las contradicciones singulares, particulares y generales que desarrollan los componentes del sistema. En la crisis se vuelve visible el conjunto de contradicciones que se mueven en torno del desarrollo general de las fuerzas productivas. Las autodestrucciones de la crisis son el momento clave en el cual las apariencias ideológicas del sistema se desploman y se muestra de forma desnuda cómo el desarrollo de la ciencia y la tecnología, así como la producción de riqueza no son algo que el capitalismo pueda gestionar con auténtica libertad. Durante las crisis se hace más evidente que nunca que la búsqueda capitalista de conocimientos e inventivas no se enfoca a satisfacer el desarrollo de las capacidades y necesidades de la sociedad, en su relación vital con la naturaleza. Más allá de lo que un científico o un inventor éticos o una universidad pública honorable persigan, caen los velos y se muestran los resultados necesarios a los que lleva el hecho de que la producción y el desarrollo general de la ciencia y la tecnología sea dirigido por empresas limitadas a producir plusvalor y a apropiarse de ganancias.

La sobreacumulación y la crisis son entonces una de las principales formas superficiales en que aparece el choque absoluto y profundo entre la premisa y el resultado histórico del desarrollo capitalista: es decir, entre la necesidad de medir el valor de las mercancías con base en el tiempo de trabajo inmediato y la necesidad de automatizar toda la producción y con ello prescindir del uso, la explotación y la medición del trabajo inmediato como criterio para establecer el valor de las mercancías.

Por estos motivos el dominio del desarrollo capitalista requiere una nueva neutralización. Pues ahora necesita ya no sólo enfrentar los efectos económicos del desarrollo científico-técnico y del proceso de automatización del trabajo, pues ahora requiere neutralizar el proceso mismo de automatización productiva, de forma directa, material, científica y técnica, en el proceso mismo de construcción de la ciencia y el diseño de los autómatas. De manera que ahora se requiere encarar la esencia misma del desarrollo capitalista, por cuanto esta lleva a la destrucción de la medida de valor.

Pero como esta automatización productiva es algo que en realidad no puede suspenderse pues ocasionaría que el corazón del sistema dejaría de latir, en realidad lo que se requiere es frenar esquizofrénicamente el desarrollo de las fuerzas productivas, sin que en realidad deje de ocurrir el desarrollo de la automatización. De ahí que el impulso al desarrollo científico y técnico se desdoble durante el siglo XX en la creación de un sistema de fuerzas productivas y de fuerzas destructivas.

Sea como fuerzas destructivas científico técnicas y autómatas que ex profeso han sido diseñadas para destruir la riqueza social y natural de manera franca y abierta, como es el caso de los autómatas bélicos y el complejo militar industrial. La guerra convirtió al complejo militar industrial de Estados Unidos en la base de todo el nuevo patrón de desarrollo técnico. Gracias a él las máquinas automáticas de las modernas redes y vehículos de las comunicaciones y los transportes se transformaron en tanques, aviones, submarinos, ametralladoras, sustancias químicas, etc. destinadas a cañonear, bombardear y torpedear ciudades, campos y mares.

Sea como fuerzas destructivas que producen al mismo tiempo en que destruyen riqueza, como es el caso de los productos elaborados mediante una obsolescencia programada, los alimentos que nutren y desnutren a la vez, los medicamentos que curan y enferman a la vez, etc. De la relación entre las fuerzas productivas y bélicas en el siglo XX nace el vástago hibrido de la obsolescencia programada, un tipo peculiar de fuerza destructiva al interior de la industria que produce, entre otras cosas, cientos de millones de automóviles, televisores, teléfonos, etc. con caducidad programada. Para su logro la ciencia y la tecnología invierten cuantiosos capitales y millones de horas hombre.
Adicionalmente, durante los tiempos de paz la tecnología originalmente diseñada para el espionaje militar del enemigo es “pacíficamente” enfocada al control y espionaje total de las relaciones diplomáticas, los espacios políticos nacionales, las redes de información pública y privada, las actividades industriales, el comportamiento de los consumidores, las relaciones sexuales de los ciudadanos, la vida cotidiana de los hogares, etcétera.
No casualmente las decenas o cientos de millones de muertos de todas las guerras del siglo XX directa o indirectamente terminan convertidos en el mejor combustible para la prosperidad y el crecimiento de cada unos de los periodos de “posguerra”.
Pero también este ha sido el caso de las fuerzas destructivas que históricamente resultan de la imprevisión ambiental en la que cada vez se adentra más el sistema, si bien se trata de destrucciones que a final de cuentas reactivan el avance general de la economía. Caso de las crisis por destrucción ambiental de la biodiversidad, el clima, el agua, los suelos o la crisis de la salud humana en general, resultante de la aplicación de técnicas de ingeniería lineal dentro de los sistemas vivos, químicos y físicos, que son sistemas complejos. Desarrollos que se aplican con una progresiva omisión del principio de precaución y una acumulación de cada vez más factores inciertos que forman sinergias completamente desconocidas que escalan los riesgos. Ciencias y técnicas irresponsables que cada vez más empresas transnacionales sacan de sus laboratorios y colocan, sin más, en el escenario de nuestra vida cotidiana.

Desarrollo de fuerzas destructivas que plasma un nuevo mundo material, un sistema de valores de uso que deforma la vitalidad del mundo y la sociedad, mitiga de la peor manera imaginable la caída tendencial de la tasa de ganancia (pues ahora se pone en riesgo la superviviencia de la humanidad y la naturaleza misma), y auxilia como nunca antes en la subordinación de las fuerzas productivas encargadas de reproducir a las personas. Ello amplía en el siglo XX el original control de la población obrera dentro el piso de fábrica hacia toda la sociedad, lo que incluye al ejercito industrial de reserva, o incluso a la población que vive en las regiones donde no se ha logrado imponer la subsunción real o siquiera la subsunción formal del proceso de trabajo.

Resulta crucial entender que el actual desarrollo tecnológico no sólo constituye el punto nodal en torno al cual el capitalismo del siglo XX no sólo controla la producción, la explotación de los trabajadores, la competencia empresarial, la política o a la población misma, pues además de ello el capitalismo lo que el capitalismo necesita controlar son sus propias contradicciones. De ahí que el capital, por medio de guerras, crisis generales, y demás procesos de autodestrucción masiva como la deformación programada, o los colapsos ambientales dentro o completamente fuera de cualquier plan, intenta lo imposible: autocontrolarse a sí mismo.

Como adicionalmente la creación de esta automaticidad destructiva vacía o nihiliza el sentido histórico del desarrollo histórico del capitalismo, la subsunción del consumo, mediante el control de todas las dimensiones, espacios, tiempos, riquezas y subjetividades consuma la esclavitud y enajenación como ninguna otra época de la historia humana. Por ello, esta subordinación real del consumo, como la caracteriza Jorge Veraza, es entonces el proceso supremo de neutralización y deformación de la automatización, la ciencia y la tecnología, pues después de él ya no puede ocurrir otra neutralización mayor.


4. La crisis actual

La importancia de la crisis actual estriba en que por primera vez en la historia del capitalismo tenemos una crisis de sobreacumulación simultánea en todo el planeta ya industrializado. Por ello es muy importante no considerarla solamente una crisis hipotecaria, financiera o comercial, pues al ser también una gran crisis en el corazón de la industrial mundial (pues entre otras cosas hoy ya afecta a la industria automotriz y energética, a la agricultura, además de la consabida vivienda, etc.), crisis que expresa una sobre producción industrial que podría abarcar entre veinte o el cuarenta por ciento en todas las ramas de la producción mundial. De ahí que el ejercicio de autodestrucción que el capital ya comenzó a realizar se antoja fenomenal, y obviamente no tiene precedentes.

Sin embargo, también ocurre que por primera una crisis económica general coincida y se entrevere con una crisis ambiental que ya también es de escala global. Esta no sólo incluye al calentamiento global sino a una crisis hídrica, de biodiversidad, de agotamiento de suelos y mares fértiles, así como una acumulación crítica de todo tipo de basuras materiales y energéticas en tierras, mares, aires y espacio satelital, todas crisis ambientales de alcance global. A lo cual se suma otra crisis por contaminación química no sólo de suelos, aguas y aires, sino de todos los alimentos y todos los medios de subsistencia que forman nuestra vida cotidiana. A lo cual se suman aceleradamente nuevas formas de contaminación: electromagnética, sonora y visual que también contribuyen a precarizar las condiciones de vida y a destruir la salud física y mental de todos. De manera que el sistema inmunológico humano está viviendo una crisis análoga a la que está viviendo en múltiples frentes el capitalismo global, si bien en este campo estamos muy alejados de contar con una institución global de gestión como el IPCC . Entre tanto, lo que tenemos es una crisis ambiental extraordinariamente compleja que avanza en múltiples niveles, realizando sinergias que están ocurriendo mucho más allá de lo que podemos pensar.

Un ejemplo lo ofrece la nueva generación de basuras, que no sólo se desbordan masivamente en todas las grandes ciudades y municipios globales del neoliberalismo, sino que además comienzan a recibir nuevos componentes materiales de los que se sabe nada o muy poco, pues la nueva generación de basura además de los consabidos lixiviados ricos metales pesados, organoclorados, plásticos, dioxinas, furanos, etc. comienzan a incluir todo tipo organismos transgénicos, organohalogenados complejos y diversos tipos de nanopartículas.

La convergencia entre la crisis económica y la crisis ambiental nos indica entonces una crisis en el patrón técnico y en los paradigmas científicos que el capital mundial hoy aplica a escala mundial. De modo que la integridad de los patrones civilizatorios organizados desde el mundo petrolero, apenas la punta del iceberg del problema general, hoy se muestran como la parte material mas importante de lo que hoy le sobra al capital, es decir, como el nudo de la actual crisis de sobreacumulación. No casualmente la presente crisis lo que pone en juego es la innovación radical del actual patrón tecnológico.

La crisis del mundo del petróleo comienza por la crisis de las redes planetarias de carreteras y sus casi mil millones de autos y demás modalidades de vehículos motorizados (motocicletas, barcos, aviones, etc.), megaciudades que se extienden por obra y gracia de los autos, y ciudades de rascacielos por obra y gracia de sus elevadores. Todos espacios iluminados, electrificados, ventilados, calentados, refrigerados y comunicados por obra y gracia de la energía petrolera. Ciudades globales enfocadas al descomunal dispendio de plásticos, fármacos, cosméticos, pero sobre todo alimentos también procedentes del petróleo, pero ahora bajo la forma de agroquímicos, sistemas de riego o la mecanización terrestre y aérea del campo. Con la agroquímica el capital mundial convirtió a los mil millones de habitantes que había en el mundo a inicios del siglo XX en los seis mil millones de la vuelta de siglo. De manera que durante esta era la tarea modernizadora del capital se la confundió con la transfiguración física y metafísica del petróleo.

Con base en el oro negro no sólo se tejieron y escalaron todas las redes de infraestructuras que hoy enlazan al autómata global y calientan al planeta. Pues mientras la refinación petroquímica conducía a la elaboración química de millones de nuevos tipos de valores de uso, la emergencia de la ingeniería molecular dedicada al descubrimiento y diseño artificial de miles de polímeros estimulaba el nacimiento de la ingeniería de los materiales y por ahí de la moderna nanotecnología, mientras otra rama de la química orgánica paralelamente le abría paso a la biología molecular y por ahí a la identificación del código genético.

El capital mundial esta problemáticamente anclado en la civilización petrolera. En una adicción enfermiza, que a pesar del desarrollo de numerosas tecnologías electro informáticas, genéticas, nanotecnológicas, etc. no le ha permitido transformar de manera significativa su base energética y material. Rigidez evolutiva que responde a la necesidad de montar un sistema global e fuerzas destructivas y se refleja en la forma en que los economistas, los políticos, los Estados nacionales, las doctrinas geopolíticas, las instituciones internacionales destinadas a afrontar el calentamiento global o los numerosos científicos resultan impotentes para imaginar cómo podría reconstruirse exitosamente un nuevo mundo de negocios y crecimiento de la economía mundial sin base en el crecimiento salvaje de las ciudades, la sobreproducción mundial de automóviles, viviendas, gasolinas, agrocombustibles, alimentos, agroquímicos, fármacos, etcétera.

La actual crisis general del sistema es una epifanía perversa o si se prefiere una confesión catártica en la que se gradualmente admite la imposibilidad estructural del sistema para resolver los problemas fundamentales de la relación sociedad-naturaleza. En la presente crisis los acontecimientos se está perfilando una confesión fallida de esta verdad profunda. Una revelación insuficiente de que el capitalismo, aunque supuestamente se centra en resolver el problema de la escasez de riqueza material mediante una revolución incesante de las fuerzas productivas, gracias a la aplicación de la ciencia y la tecnología, en realidad no sabe afrontar esta escasez, pues nunca le interesa vencer al sacrifico laboral ni generar verdadera riqueza concreta. Pues no entiende lo que son los valores de uso en tanto tampoco sabe lo que en el fondo son los sujetos ni los objetos. No entiende la esencia humana ni el ontos natural, no sabe vencer ni convivir de modo no autodestructivo con el miedo profundo que en el reino de las necesidades se le tiene a la muerte. No logra vitalizar de forma abierta la relación sociedad naturaleza, ni logra culturalmente superar, de forma definitiva, a la religión como estrategia suprema para la extorsión social de este miedo. De ahí que en el fondo el capitalismo viva todo el tiempo promoviendo entre todos no sólo una fe religiosa en su ciencia y tecnología sino, también, el que estos se meen de miedo los unos por los otros, así como por el continuo escalamiento del caos general.

El drama de las crisis consiste entonces en que el capitalismo intenta expresar las principales contradicciones que deniegan su principal misión histórica, sin lograr expresar colectivamente con rectitud sus insuficiencias e imposturas. Y mientras ello no se logre la crisis económica, por grande y profunda que sea, nunca se transformará en una crisis revolucionaria. Quedando tan sólo un enorme y doloroso dispositivo de reajuste mediante el cual se crean las nuevas condiciones, los nuevos valores y valores de uso, las nuevas ideas y técnicas, los nuevos políticos y estadistas, así como la nueva sociedad civil que buscará rearmonizar pasajeramente a la producción y el consumo, a las ramas de producción, a la sociedad con la naturaleza, a la reproducción del capital y de la sociedad, a las clases sociales, etcétera.

Todos los hechos, los valores de uso, los objetos prácticos, los desarrollos técnicos, los desarrollos científicos con los que tenemos que ver actualmente, ninguno es neutro. No hay neutralidad de la ciencia, ni de la tecnología. Todo ha sido construido social e históricamente, siguiendo paradigmas epistemológicos y políticas de investigación específicas, políticas públicas y sociales de naciones capitalistas, políticas empresariales, escogiendo unos materiales y conocimientos, desechando otros, aplicándolos en algún terreno, no aplicándolos en otros. De ahí que resulte una falacia lamentable sostener que existen ciencias u objetos neutros, que supuestamente los malos usan con perversidad, mientras los buenos podrían redimirnos usándolos benéficamente.

No. Los objetos en su valor de uso, en todas sus características sensibles, en su médula material, ya están formados ideológicamente. De manera que toda la objetividad moderna ya está cargada ideológicamente a favor del capitalismo. Por ello, no hay manera de escapar a la toma de posición respecto de la destrucción que esta civilización material global está haciendo del mundo.

En la presente crisis no basta con afrontar urgentemente el reajuste entre el capital y la sociedad, el calentamiento global o la crisis del agua, pues hoy también se debe afrontar con la misma urgencia la lógica autodestructiva que el capitalismo ha aplicado durante los últimos cien años, para expandir su poder y garantizar su supervivencia.

 

5. ¿Es posible una salida neokeynesiana de la crisis?

Los últimos 30 años de neoliberalismo fueron una respuesta histórica enorme a la gran crisis económica de 1973-1982. De ella derivó la forma exacerbada en que se aplicaron las seis causas contrarestantes a la caída de la tasa de ganancia. Muy especialmente el endurecimiento de la tasa de explotación y la superexplotación, el abaratamiento del capital constante, la superpoblación, la expansión del mercado mundial y el crecimiento del capital accionario. Pues esto se lo aplicó como caída mundial de los salarios de todo el mundo durante treinta años, como un retorno a las políticas decimonónicas de prolongación de la jornadas de trabajo, como un retorno al trabajo infantil e incluso a la esclavitud directa de decenas de millones de trabajadores. De manera que la expansión del mercado mundial hacia la región China fue sobre todo aprovechado como la principal herramienta para aplicar esta política global de desmantelamiento de los salarios y las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores.

Depredación de la fuerza de trabajo que se la complementó con una política internacional de saqueo de los recursos naturales, arrebatándolos a las naciones soberanas y descuidando sistemáticamente el ahorro y la reposición local y global de estos fondos ambientales. Al organizar las nuevas reglas del intercambio norte-sur con base en en el desmantelamiento de la OPEP y la aplicación de una dolosa deuda financiera internacional, se usaron estos dos instrumentos para emprender una era sin precedentes de saqueos y despojos a todas las naciones débiles.

La globalización de la gran industria capitalista o primera construcción histórica de un autómata global —que se basó en la revolución informacional y en el transporte multimodal, y sobre todo se lo aplicó en las dos principales ramas de la revolución vehícular: automotores, aviones, así como en la industria textil— fue usado para emplazar en una basta franja de los países del sur la industria maquiladora (como flujo internacional de capital), pero también para aprovechar masivamente toda la sobrepoblación mundial (como flujo internacional de la fuerza de trabajo). De manera que el descomunal desarrollo de las fuerzas productivas aquí aplicado, en realidad fue un desarrollo artificialmente contenido pues no se le permitió desarrollar a la división técnica del trabajo dentro del sector estratégico de la energía. Obligando a que todas las innovaciones quedaran directa o indirectamente acotadas dentro del patrón técnico petrolero.

Pues la revolución informacional en vez de replantear el patrón técnico general y energético de la previa revolución vehícular, en realidad lo monstruificó hasta convertirlo en la base mundial del calentamiento global. Mientras que el desarrollo de la política de materiales, la política agroalimentaria y la industria de la salud las ciño firmemente dentro de la industria petroquímica. Obligando a que el impacto de la electroinformática dentro de la biología y la física tuviera que ocurrir como desarrollo de ciencias lineales o ingenierías genética y de materiales, mientras por otro lado se aletargó o francamente bloquearon en todos los centros de investigación importantes los estudios sobre la devastación ambiental del mundo.

El carácter retrogrado de la convergencia de la electroinformática sobre la biología molecular puede apreciarse con toda nitidez si se observa cómo el desarrollo de la ingeniería genética, el diseño de organismos transgénicos, la biología sintética, etc. fueron enfocados en el desarrollo de especies agropecuarias altamente consumidoras de agroquímicos y medicamentos veterinarios, así como en el abaratamiento en la producción del previo patrón alopático de medicamentos (también derivados desde el petróleo), o bien para producir biocombustibles u otras variaciones de los hidrocarburos, al servicio de cientos de millones de autos.

Por ello no fue una casualidad que mientras el complejo desarrollo de las biotecnologías eran usados para aplicar políticas mundiales de biopiratería, todo tipo de despojos de los recursos biológicos, así como la destrucción de las soberanías alimentarias, la emigración campesina global era usada por otro lado para fomentar el crecimiento salvaje de las megaciudades hiperpetrolizadas en todo el mundo, pero muy especialmente en el Hemisferio Sur.

Siguiendo esta beta, el neoliberalismo exacerbó la violencia geopolítica como un sistema de guerras de baja y mediana intensidad aplicadas en todos los lugares y regiones en los que se requería despojar y controlar ya no sólo el petróleo y los minerales, sino también la biodiversidad y el agua que comenzaba a entrar en crisis, así como las dinámicas destructivas del calentamiento global. Si bien, el control de las rutas marítimas y terrestres (o corredores transcontinetales) también se centro en el control de los accesos a las principales regiones de explotación laboral del mundo. Pues el grueso de las maniobras y provocaciones militares estadounidenses no sólo se centraron en el control de las fuentes de petróleo del medio Oriente y Asia central, sino también en el desmantelamiento de las rutas de la seda (TRACECA) que se intentaba desarrollar entre Europa y Asia.

Sobre estas bases (la deformación perversa de la automatización, la depredación del trabajo mundial, la depredación de toda la naturaleza planetaria y la geopolítica de las depredaciones) se obtuvieron descomunales excedentes que durante tres décadas contrarestaron la caída neoliberal de la tasa de ganancia y estimularon un intenso y eufórico periodo de acumulación global. De modo que la neutralización de la crisis se la levantó sobre medidas extraordinariamente violentas que progresivamente rebasaron la principal racionalidad de desarrollo capitalista, vale decir: el desarrollo incesante y real de sus fuerzas productivas técnicas.

Ciertamente durante todo el siglo XX el capitalismo se alejó cada vez más del desarrollo de las fuerzas productivas. Pero durante el neoliberalismo el capitalismo se hundió en la promoción descomunal de fuerzas destructivas, despojos y superexplotaciones. Por ello, aunque la crisis de 1973-1982 plantea claramente la necesidad de reformar la base petrolera de la postguerra, el capitalismo estadounidense marcha hacia atrás, asalta a la democracia en su propia casa (con magnicidios, escándalos como el de Watergate, planes fascistas de control de la movilizaciones antiguerra y maniobras de la CIA que interfieren en el proceso electoral) y emprende la construcción de una nueva era de treinta años artificialmente anclada en el patrón energético y material del petróleo.

El carácter decadente del neoliberalismo se refleja en la forma en que todos los fenómenos de sobreacumulación se apoyaron en el desarrollo de tecnologías extraordinariamente contaminantes (automóviles, aviones, ciudades, etc.), depredadoras (agrotóxicos) y riesgosas (energía nuclear, genética, nanotecnología, etc.); en que el desarrollo de técnicas que subordinaron pragmáticamente cualquier posible desarrollo de las ciencias (naturales y sociales); en la imposición de técnicas para tratar objetos complejos con ingenierías mientras se obstruía el desarrollo de las ciencias complejas y se impedía la aplicación de los principios de precaución o se privilegiaba el corto plazo frente al mediano y largo plazo.

El alcance de la decadencia se manifiesta también en la forma en que se promovieron todo tipo de medios de subsistencia adictivos y thanáticos (muy especialmente el consumo de todo tipo de drogas). O la forma en que se promovió la migración salvaje de cientos de millones de personas y trabajadores; a la forma en que se toleró por décadas el desequilibrio global entre los dos sectores básicos de la economía global; a la forma en que se dieron prerrogativas al capital financiero sobre el industrial; a la forma en que se favoreció el saqueo urbano sobre el medio rural y a la forma en que se fomentó el desarrollo la economía criminal como una forma legítima de concentrar y centralizar capitales, así como de hacer la política o incluso la cultura.

El carácter decadente del neoliberalismo también se reflejó en la manera en que se sustentó la hegemonía de Estados Unidos aplicando una geopolítica del control militar virulento contra la OPEP, la URSS y el resto del mundo petrolero; a la manera en que se obstruyeron todas las voces de alarma que avisaron a tiempo de la actual devastación ambiental; a la manera en que se sostuvo esta política dentro y fuera del imperio escindiendo la política social de la política economía, o anulando a la política misma por la vía volverla exclusivamente demagógica, virtual, corrupta y decadente. De este modo se procedió sistemáticamente contra la soberanía de todos los Estados débiles. Mientras culturalmente la postmodernidad promovía puntualmente la cultura de autodestrucción, la desmoralización y la muerte.
La acumulación descomunal de excedentes permitió la enorme sobreacumualción que hizo posible la derrota militar de la URSS, la integración masiva de China, la India, etc. al ciclo de la acumulación mundial, la construcción de un autómata mundial, pero también el estallido sucesivo y la circulación mundial de crisis parciales y regionales (1989, 1992, 1997 y 2001-2003), que terminaron con el estallido final de la actual crisis general. Si bien, la presente crisis, a diferencia de otras crisis generales precedentes, ya no esta sustentada en un desarrollo predominante de fuerzas productivas, pues ahora el sistema de saqueos y fuerzas destructivas han terminado por tupir la mayor parte del espacio mundial.

Sobre esta nueva base decadente es que ocurre el actual desajuste entre toda la producción y el consumo mundiales, entre las ramas productoras de medios de producción y medios de subsistencia, entre la ciencia y la tecnología, entre el capital y la sociedad, entre la economía y la política. De forma que el desencuentro entre la naturaleza y la sociedad llegó al extremo.

La presente crisis expresa entonces la incapacidad estructural del neoliberalismo para crear un nuevo patrón técnico capitalista coherente, debidamente fundado en un patrón energético post petrolero. De ahí que la crisis actual, como resultado de la masa de contradicciones acumuladas durante el neoliberalismo, vuelva otra vez a plantear la necesidad profunda de reequilibrar el proceso mundial de la acumulación del capital.

Nada garantiza que dicho reequilibrio pueda replantearse sobre la base de un desarrollo de verdaderas fuerzas productivas. El capital mundial podría continuar empantanado como lo ha estado durante los últimos 30 años. Si bien, la gravedad del desequilibrio ambiental mundial y el creciente descontento social mundial no sólo en contra de los actuales riesgos ambientales, sino en contra de la precarización de la vida, la baja de salarios, el deterioro de la calidad la vida, el cuerpo y la psique, contra los tratados de libre comercio global, así como en contra del desmantelamiento de la política, sugiere que al capital mundial lo que le conviene es regresar a un modo de control que este debidamente sustentado en un verdadero desarrollo de fuerzas productivas. De ahí que todo parece indicar que la actual crisis es la señal de que el tiempo de una profunda reforma del capitalismo han llegado.

El arribo de esta nueva era política y económica de búsqueda de reequilibrios en realidad ha estado anunciándose tímida y contradictoriamente desde hace varios años. A la manera de un neokeynesianismo más o menos incoherente, que avanza desde algunas naciones del sur hacia un neokeynesianismo imperial. Lo que tal vez será la puerta hacia la globalización de este modelo. Neokeynesianismo que además de proceder al pago de parte la deuda social acumulada (salarios, jornada laboral, servicios públicos, vida comunitaria, etc.), hoy requiere del pago inmediato de otra extraordinaria deuda ambiental (agraropecuaria, climática, hídrica, biodiversa, indígena, etc.), así como de la restructuración en los modos imperiales de ejercer la hegemonía.

El cambio que se requiere no podrá sostenerse mediante la simulación de un neoliberalismo verde. El capital mundial requiere de una verdadera reforma general del patrón técnico y energético. Que permita no sólo la construcción de nuevos tipos de redes de integración global sustentables, sino también de un proceso de bioremediación de aguas, tierras y aires a escala mundial. Lo cual exige de una reforma epistemológica de las ciencias, así como de nuevas reglas del juego en la aplicación de las innovaciones científicas y técnicas.

No es por ello casual que casi todos los programas neokeynesianos hablen de la necesidad de revisar los acuerdos de libre comercio que se basaron en la depredación de la mano de obra, el despojo, la anulación de las soberanías y la destrucción del medio ambiente.

No obstante, la destrucción de los tejidos sociales, la cultura política de toda la población y sobre todo de los personeros de la política no permite esperar mucha lucidez y visión histórica en el actual proceso de cambio. Ni siquiera entre los principales lideres políticos de la izquierda que hoy sobresalen en algunos países del sur. Pues muchos de ellos han anclado sus ingenuas esperanzas de desarrollo económico y justicia social en los decadentes paquetes tecnológicos que el neoliberalismo construyó durante los últimos 30 años-
Por ello suponemos que la solución, si es que ocurre, se irá decantando ciegamente mediante el castigo objetivo que la misma crisis económica infrinja al capital industrial decadente, antiambiental, al capital financiero, a las economías criminales, a las políticas de la corrupción y oportunismo, a las geopolíticas del despojo (tal y como ya ocurrió con la costosísima derrota de Estados Unidos en Irak), etcétera. Pero también y sobre todo mediante del verdadero empuje de luchas reformistas globales de carácter socio ambiental que se libren durante este nuevo periodo. Pero ese es otro tema que también se requiere tratar cuidadosamente.

¿Será Barak Obama el signo maduro de una reinvención del capitalismo?
 

banner

banner

banner